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domingo, 13 de septiembre de 2009

Primer encuentro con lo sagrado (DMT).


Empecé a ver imágenes y psicodelia, formas geométricas al cerrar los ojos. La mujer de mi costado vomitaba, y hacía ruidos de dolor, estaba en un viaje muy intenso. A lo lejos se escuchaban gritos orgásmicos de otra mujer. Otro hombre se reía. De hecho fue frecuente la risa en la noche, risa que se contagió entre muchos varias veces. También se escucharon frecuentemente llantos, o gente cantar lo mismo o algo diferente a lo que cantaban nuestros guías. Yo mientras tanto mantenía mi compostura, y disfrutaba del viaje, aunque poco a poco iba haciendose mas intenso y complicado. Tomaba agua para no deshidratarme y en un momento empecé a sentir frío, por lo que me puse el buzo. Pensaba en que a mi no me iba a pasar, que yo no estaba como ellos, que no podía estarlo, que no quería tampoco.

Cuesta pensar en la línea de sucesos a partir de acá. Sé que me sentí totalmente desbordado por la experiencia; sentía como si algo tirara de mi cuerpo, como que si me dormía iba a realizar un viaje despersonalizante que no quería realizar. Era confrontar con el caos, con la heterogeneidad del flujo vital, sentía que tenía que abandonar el mundo humano para ello, y no estaba dispuesto a hacerlo.

Tenía miedo, mucho miedo. Me sentía un niño desprotegido jugando en la orilla de un mar intenso, poderoso, abracante. Me decía a mí mismo que no, a través de imperativos: que no, que no debía, que no podía, que no estaba preparado. Me prometí a mi mismo no hacerlo y lo repetía una y otra vez, terriblemente asustado. Me concentraba en el espacio sagrado que se desplegaba alrededor mío, y que todavía era de este mundo. Lo miraba con los ojos bien abiertos, cosa de permanecer allí. Me sentía un niño. Estaba contento porque estaba en ese lugar tan fascinante, pero también muy asustado por el que no me sacaran de allí, a ese reino de lo no humano. Pedía por favor que no lo hicieran, que no estaba preparado. Sentía como que eso que bajó a esa sala, fuera lo que fuera, me brindaba ese espacio como una madre que habilita a su hijo a jugar en ciertos lugares. Pero también era como cuando si me incitara a ir más allá, a caminar; yo me negaba aterrorizado, y esta especie de madre, aunque me “tironeaba del buzo”, parecía respetar mis miedos y mi decisión de no ir.

De todas maneras la tensión siguió estando, como si en cualquier momento pudiera ser arrancado bruscamente de allí. Estaba a merced del azar, o bien de los designios de algo superior. En tanto, la mujer de mi izquierda seguía vomitando y llorando. Pero, en un momento, por el rabillo del ojo vi a otra mujer que se daba vuelta y me miraba sonriendo. En un principio pensé que podía tener malas intenciones y querer llevarme, pero no, no era así. Todo el “lugar” me sonreía como ella en ese imperceptible momento; me incitaban a viajar con ellos, pero respetaban mi decisión.

Como un niño sonreía; estaba demasiado asustado. Mientras, seguía jugando en ese espacio sublime y bello.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Religión y Salud mental: Sobre la noción de shamanismo y su relción con los procesos psicoterapéuticos


A continuación me gustaría dar una breve exposición que problematice la relación entre lo terapéutico y lo religioso, tomando como eje central la noción de shamanismo, dado que, en las discusiones elaboradas alrededor de las prácticas asociadas a dicho concepto (por lo general de corte místico, como el Santo Daime o el budismo), podemos encontrar aquellos problemas esenciales para una critica del entendimiento secularizado del fenómeno religioso. Nuestro recorrido comenzará por los orígenes del término; luego analizaremos la importancia de las imágenes mentales en la labor curativa del shamán; proseguiremos analizando la relación entre shamanismo y enfermedad mental y finalizaremos desarrollando brevemente el lugar que ocupa la alteración de la conciencia en dicha práctica.

Shamanismo, una religión primitiva

El término shamanismo refiere a la forma en que los pueblos siberianos de habla tungús llamaban a su especialista religioso. Aparece en el siglo XVIII para luego extenderse por analogía a distintos descubrimientos etnográficos. El shamán no es sólo un simple curandero, sino que es un especialista de lo sagrado, que utiliza técnicas extáticas en beneficio de la comunidad. El éxtasis involucra un trance -real, simbólico o pretendido- donde el alma del shamán temporalmente abandona su cuerpo para realizar un viaje místico. Según Eliade el shamán brinda un conocimiento de la muerte -una geografía funeraria - a través de sus conocimientos mitológicos y sus viajes shamánicos -ascenso por el axis mundis al terreno de lo sagrado-. El mundo de la muerte, lo sobrenatural y lo desconocido toma forma y visibilidad. El shamán entra en contacto con un lenguaje secreto y natural; creación poética de su propia experiencia interna.





Intimamente ligada al shamanismo se encuentra la noción de animismo o “creencia en seres espirituales”. Es introducida por Sir Edward Burnett Tylor a fines del siglo XIX, como primer etapa en el desarrollo racional de la humanidad. En el comienzo de los tiempos, el hombre, incapaz de diferenciar lo imaginario de lo real, confunde los fenómenos asociados a las imágenes mentales con los de la realidad exterior, dando lugar a la creencia en espíritus que pueblan la naturaleza. En el progresivo avance histórico-dialéctico de la razón sobre el mundo, el hombre comienza a discriminar cada vez más los objetos reales de los fantaseados, para llegar finalmente al pensamiento científico, desprovisto de quimeras fantásticas. En esta visión antropológica clásica, animismo y shamanismo encuentran su lugar histórico en los peldaños más primitivos de la evolución cultural, siendo el desarrollo científico el sistema de pensamiento mas avanzado en el progreso de una razón desplegada sobre las propiedades objetivas de la realidad. Pero el criterio cae fácilmente si en primer lugar pensamos que las cadenas de perceptos asociados a la realidad, y la cadena de perceptos relativos a una experiencia interior, no se relacionan como sistemas semióticos independientes, sino que se enlazan y retroalimentan en forma dependiente, por lo que cada percepto de lo real es elaborado activamente por lo fantasmático, y cada producción oniroide o imagen mental tiene una materialidad actuada y presente en lo inmediato de la conciencia. Podríamos decir entonces que no existe percepción inmediata, y por lo tanto no existe ontología alguna en la objetividad material, pues no es posible una percepción directa sin recurrir a una memoria mental llena de objetos imaginarios, conceptos, y pre/juicios sociales que marcan su presencia en lo actual de lo percibido.

El animismo sería entonces una característica del mundo shamánico, si tomamos en cuenta que el shamán es un especialista religioso que viaja por un mundo de entidades sobrenaturales que aprende a distinguir por medio de un entrenamiento de la percepción y el control de imágenes mentales. Para ello entra en estados mentales que involucran una alteración de la percepción habitual. Dentro de una cultura donde los estados alterados de la conciencia (de aquí en más EAC) tienen un estatuto ontológico diferenciado al de la conciencia cotidiana pero legitimado socialmente, el shamán se ofrece como intermediario por excelencia entre el mundo de lo cotidiano y el de lo sagrado. Para poder hacerlo, su especialidad debe focalizarse en la capacidad de entrar y salir del mundo sobrenatural, ser un buceador de la realidad “transfenoménica”. Esto lo realiza a través de distintas técnicas extáticas, que pueden involucrar música, bailes, meditación y/o sustancias psicoactivas. Como experiencia humana se podría decir que el éxtasis es un fenómeno no histórico, coextensivo a la naturaleza de nuestra especie. Son las técnicas e interpretaciones las que varían cultural e históricamente. La experiencia extática es central en el shamanismo, mientras que fenómenos como la posesión serían secundarios; esta última seria posible sólo en tanto el alma del shamán deja su cuerpo y éste último es poseído por algún espíritu. Además la facilidad y el automatismo de la posesión entran en contradicción con el autocontrol y la disciplina que implica la práctica shamánica, la cual supone una bien integrada personalidad, y no el carácter conflictivo psicopatológico que muchos psicoanalistas ortodoxos han afirmado por décadas.

Shamanismo e imágenes mentales

La habilidad para desarrollar imágenes mentales puede ser encontrada en la mayoría de las culturas que conocemos, incluida la nuestra. Se utilizan desde visiones hasta la manipulación de experiencias oníricas. Parece ser un fenómeno universal de la especie. En la vida cotidiana o en sueños, nuestra experiencia con imágenes mentales es espontánea, por lo general no se somete a reflexión o adiestramiento voluntario. Sin embargo, en las culturas tradicionales orales, las imágenes mentales son un importante intermediario en el contacto con lo sagrado. Desde los comienzos de la antropología vemos como dichas experiencias fueron asociadas al origen de lo religioso (ejemplo Tylor), principalmente lo mágico-religioso. El shamanismo es el caso por excelencia, dado que utiliza la inducción, el desarrollo y la interpretación de las imágenes mentales.

Richard Noll (1985) propone dos fases en el cultivo de las imágenes mentales shamánicas. En la primera fase de vivacidad (vividness) el novicio es entrenado para bloquear el ruido externo y poder concentrarse en hacer de la imagen lo más próxima en claridad y vida a su percepto real. Una forma de estimular la vivacidad de las imágenes mentales es la utilización de EAC. Una vez que el novicio es capaz de experimentar imágenes más vívidas, comienza una segunda fase de control (controlledness), donde se pone en juego la habilidad del control de la experiencia -ambas fases no son necesariamente sucesivas, pueden yuxtaponerse-. Existe entonces toda una educación y entrenamiento en las capacidades de formar imágenes mentales. El control de las imágenes mentales se revela esencial en tanto el shamán es aquel que, no sólo se comunica con los espíritus, sino que también entabla una relación performativa en relación a ellos. En su viaje aparecen diversos espíritus (demonios, dioses), así como fuerzas impersonales (de curación por ejemplo) que debe aprender a controlar para desarrollar funciones de gran importancia para su oficio, como la curación o la prognosis (adivinación). Por otro lado la utilización de imágenes mentales se vuelve de suma importancia como mnemotécnica en las sociedades sin escritura. Permite trazar mapas cognitivos, donde se almacena información de gran importancia para la comunidad (mitológica, geografica, etc.).

La utilización de imágenes mentales muestra en forma clara y precisa el carácter social de los perceptos, poniendo en jaque la premisa sostenida por diversas concepciones psicológicas, donde lo alucinatorio, lo onírico y lo imaginario se relegan a una dimensión individual ajena a la producción social. Existe una transmisión social, transindividual de aquellos fenómenos supuestamente personales: “Los perceptos no son percepciones, son paquetes de sensaciones y relaciones que sobreviven a quienes los experimentan” (Deleuze; Parnet, 2004:218). Esto no quiere decir que haya una homogeneidad en los perceptos -o sea, que éstos no se singularicen en cada uno de los individuos-, sino que existen recurrencias en la educación perceptual; que no existe la imagen mental como producto de una conciencia individual, sino que éstas son producto de una transmisión trans-subjetiva. Por otro lado, cobra importancia la función terapéutica de la imagen. Recordemos la desvalorización que adquiere en el discurso psicoanalítico. Por ejemplo en Lacan la imagen es congelante, fascina al sujeto sumergido en una lógica fálica pregenital, en tanto el habla produce el movimiento significante que posibilita el acto creativo, así como elaborar la ausencia y la castración, entrar en lo simbólico como orden. Por otro lado la alucinación como síntoma psicótico por excelencia remite a la imposibilidad de elaborar simbólicamente una conflictiva, siendo ésta expulsada al orden de lo real. Lo que vemos con el shamanismo es, si miramos sin los clásicos cristales logocéntricos e iconoclastas, una semiótica de la curación a través de la utilización especializada de imágenes mentales, que permiten reorganizar ciertos conflictos, y dar coherencia a la experiencia de los sujetos involucrados. Distante está la figura del shamán de la del esquizofrénico. En primer lugar, en tanto mientras en las psicosis predominan las alucinaciones auditivas, son las visuales las que adquieren importancia en las prácticas shamánicas. Por otro lado, lo alucinógeno del ritual shamánico muestra una clara disponibilidad terapéutica, en tanto en la psicosis es muy difícil aseverar -siguiendo al Laing-, si existe algún viaje “metanoico” existencial.

Shamanismo y enfermedad mental

Ha sido muy frecuente asociar las prácticas shamánicas a las psicosis, principalmente a la esquizofrenia. La utilización de la esquizofrenia para explicar los EAC ha sido consecuencia de las pseudopercepciones y alucinaciones que comparten, sin tomarse en cuenta aquellas diferencias mucho más importantes. El concebir los EAC como estados psicopatológicos es una característica de la cultura occidental. Los EAC han sido concebidos como psicosis agudas o reactivas, en oposición a aquellas formas crónicas. Richard Noll (1983) realiza una comparación fenomenológica entre la literatura tradicional y los estados esquizofrénicos documentados por la American Psychiatric Association, probando que existen diferencias importantes entre shamanismo y esquizofrenia:

a) Control: es la capacidad de control y volición del EAC. En la esquizofrenia el estado es espontáneo, desorganizado, sin control. Por el contrario, el oficio del shamán requiere un aprendizaje y disciplinamiento que involucra un control sobre el EAC.

b) Forma y contenido de pensamiento: el shamán es capaz de distinguir entre un sensus communis y un sensus privatus, entre el mundo cotidiano y el mundo oculto de la experiencia shamánica. En la esquizofrenia se confunden, así como son más comunes pensamientos de carácter negativo (paranoides, robo de pensamiento, etc.)

c) Percepción: Todos los EAC son alucinatorios desde el punto de vista cognocentrista. El engaño emerge de éstas y de allí, las psicosis. Las alucinaciones shamánicas o religiosas en general son en su mayoria visuales, en tanto en la esquizofrenia las mas comunes son las auditivas.

d) Afecto, sentido de si, y relación con el mundo exterior: en la esquizofrenia se ven reducidas. Ejemplo son las expresiones afectivas: en tanto en el esquizofrenico se reducen a formas monótonas e inexpresivas, en el shamàn ocurre lo contrario, se intensifican y se elaboran para un uso social. El shamán debe hacer uso de un sentido de balance, control y educación de la técnica de su oficio, que responde a su rol social como curador, lo cual implica un fuerte sentido de sí y una buena relación con el mundo exterior.

Según Silverman (1967), shamanismo y esquizofrenia son el resultado de un específico orden de eventos psicológicos; su diferencia radica en la aceptación cultural de determinadas resoluciones en las crisis psicológicas de vida. Los mismos comportamientos vistos en nuestra sociedad como síntomas psiquiátricos pueden, en otras sociedades, ser canalizados culturalmente por medio de otras instituciones de forma más efectiva. Para Silverman ambas experiencias comparten cinco etapas:

1- Precondición: miedo, sentimientos de impotencia, frustración y culpa. Se relacionan con una baja autoestima vinculada a determinadas situaciones críticas. Son condiciones consideradas generalmente como personales.

2- Preocupación, aislamiento, extrañamiento. Relacionado con la separación del grupo social. Tanto la experiencia esquizofrénica como la “respuesta al llamado” del shamán comienzan con una preocupación personal oscura y más allá del mundo compartido. Esto tiene por consecuencia un quiebre en los canales normales de comunicación e interacción social, llevando al aislamiento progresivo. Este aislamiento es de tal magnitud que el sujeto lo experimenta como sensación de muerte.

3- Estrechamiento de la atención, baja percepción de lo circundante así como dificultad en la diferenciación entre lo imaginario y lo real, entre percepción y alucinación. El autor cita a la psicología cognitiva de Piaget y Gardner, quienes notaron que a una mayor focalización o constreñimiento en determinados estímulos o círculos de ideas, hay una menor percepción de los estímulos circundantes. Esto lleva a su vez a estados de confusión entre lo onírico y lo real, el cuerpo y el mundo exterior, lo alucinatorio y lo perceptivo. La distorsión perceptual causa un movimiento en los patrones sociales cognitivos de percepción y organización del mundo, llevando el sujeto a problematizar lo estipulado desde su experiencia sensorial.

4- Fusión de procesos referenciales altos y bajos. La debilidad del sentido de si, lleva a la emergencia de procesos bajos y altos, de forma similar a lo que ocurre en el sueño (confluencia del proceso primario y el secundario en términos psicoanalíticos). El mundo se llena de fuerzas sobrenaturales y sentidos profundos. Las imágenes de sí desvalorizadas entran en conjunción con imágenes arquetípicas, estableciéndose una crisis cósmica, configurándose un clima sobrenatural misterioso y maravilloso. Pero, a diferencia de la iniciación shamánica, el esquizofrénico no encuentra un rol social legitimado, teniendo un mayor impacto negativo en el sujeto.

5- Reorganización cognitiva. Es aquí donde la diferencia entre shamanismo y esquizofrenia se vuelve mas grande, dado que al shamán se le ofrece una contención institucional y un conjunto de tecnologías sociales para la reorganización psicológica y cognitiva, en tanto el esquizófrénico es excluído del movimiento narcisista que encadena libidinalmente sus procesos psíquicos al conjunto de valores culturales positivamente valorados.

En cuanto a la asociación entre shamanismo e histeria tenemos dos puntos: el de la conversión y el de la disociación. No existen evidencias de que los fenómenos de agitación en el shamanismo correspondan a algún tipo de epilepsia orgánica; en todo caso se trataría de episodios de conversión, de alguna forma de epilepsia histérica. En el caso de la disociación, tres comportamientos shamánicos han sido especialmente concebidos como psicopatológicos: las crisis de iniciación (identidad), los viajes (disociación), y los mediums (disociación y posesión). En tanto la disociación como mecanismo patológico implica un mecanismo de defensa que permite expulsar de la conciencia un conflicto displacentero, la disociación shamánica opera a la inversa: el shamán entra en trance para establecer contacto con aquellos conflictos que aquejan al grupo.

Era entonces esperable que al analizar el shamanismo desde un punto de vista psicológico racionalista se lo entendiera como una práctica social de carácter patológico o regresivo. El psicoanálisis fue una de las principales corrientes en la patologización de la religión. Ya el mismo Freud homologaba el desarrollo ontogénico (infante-adulto) al filogénico (religión-ciencia), siendo lo regresivo lo enfermo. Siguiendo al psicoanálisis freudiano, Georges Devereux afirmaba que el shamán era un neurótico que usaba defensas socialmente legitimadas. Para Devereux la personalidad neurótica o psicótica del shamán asume un rol social legitimado que permite desplegar diversos mecanismos patológicos:

“A menos que asumamos que las erupciones psicóticas pueden surgir ex nihilo, sin antecedentes inconscientes, o que la posesión espiritual (en un sentido ocultista) es una realidad, obligando al antropólogo a creer en la existencia de espíritus, debemos asumir que una persona que brevemente transita una psicosis tiene un núcleo psicótico activo, latente e inconsciente...” (Devereux, 1961:1089. trad. nuestra).



Según Devereux la antropología sería incapaz de aceptar que personalidades psicopatológicas puedan ocupar roles sociales de gran importancia. Tal es el caso de figuras como Baudellaire, Poe, Goethe, Beethoven, entre otros mencionados por el autor. Según Opler, uno de los opositores de Devereux:

“…estereotipos raciales del pasado han sido suplantados por lectores como Devereux, estereotipando de forma psiquiátrica a grupos culturales en su conjunto, en el caso presente, al concebir todos los shamanes como neuróticos… no confundamos los Schrebers con los Goethes, los Beethovenes o los Baudilares. Es más, no confundamos las prácticas culturales con los síndromes clínicos…” (Opler, 1961:1092, trad. nuestra).



De todas maneras lo que se pone en juego en esta discusión quizás trascienda la pregunta. O sea, en tanto Devereux y Opler se plantean: ¿Es el shamán un enfermo mental?, o bien dicho en una forma más general, ¿Existen roles sociales asociados a determinadas estructuras psicopatológicas?, a nosotros sin embargo nos gustaría plantear ¿No son acaso las categorías nosográficas psicológicas y psiquiátricas un constructo sociocultural plegado a un eje de patologización que bajo ninguna manera puede universalizarse? Quizás debamos entender la experiencia del shamán, o la experiencia humana en general, mas allá de un modelo “idealizado” por nuestra propia cultura. Los estudios de Ruth Benedict fueron pioneros en este aspecto; lograron visualizar como, en determinadas culturas (los Dobu, los Kwakiutl, los Pueblo), los patrones de conducta y las estructuras de la personalidad variaban enormemente, al punto que algunas de estas variaciones podrían ser vistas por nosotros como enfermedades mentales generalizadas. De todos modos la cuestión queda en suspenso para nuestro caso particular. Según Handelman (1968) faltan estudios sobre la personalidad de los shamanes. Se estudian las variables socioculturales (rol cultural, comportamiento social) y no aquellas psicológicas, relativas a su biografía, sus premisas filosóficas y su forma de ver el mundo.

Surge entonces por un lado la necesidad de evaluar lo sano y lo enfermo desde los patrones culturales autóctonos, en tanto podríamos utilizar las categorías psicológicas occidentales como una herramienta no-normativa de análisis, desconstruyéndolas y desmontándolas del eje salud-enfermedad. No se trata entonces de si el shamán es o no un neurótico o un psicótico, sino qué tipo de experiencia está vinculada a su oficio, qué tipo de personalidad se asocia y/o se produce, que funciones sociales se realizan. En el shamanismo, dichas funciones estarían íntimamente vinculadas a la integridad mental de la comunidad. Eliade resume bastante bien la cuestión:

“La atención que se le ha dado al shamanismo por algún tiempo desde varias especialidades y orientaciones muestra que hoy estamos afortunadamente más allá de la etapa donde este fenómeno religioso era concebido como cierta enfermedad mental (histeria ártica, meryak, menerik, etc.). Hoy en día hay un acuerdo general de que el shamanismo ha tenido un rol esencial en la defensa de la integridad psíquica de la comunidad. Ellos son los campeones antidemónicos; combaten no sólo demonios y enfermedades sino también a los magos negros. Difícil es para nosotros imaginar lo que el shamanismo puede representar para una sociedad arcaica. En primer lugar, asegura que los seres humanos no están solos en un mundo extraño, rodeados por demonios y las ‘fuerzas del mal’. Pues, además de los dioses y seres sobrenaturales a los que se dirigen suplicas y sacrificios, también hay ‘especialistas de lo sagrado’, hombres capaces de ‘ver’ espíritus, viajar al cielo y conocer a los dioses, viajar al inframundo y pelear contra los demonios, las enfermedades y la muerte. El rol esencial del shamán en la defensa de la integridad psíquica de la comunidad depende más que nada de esto: los hombres están seguros que uno de ellos es capaz de ayudarlos en circunstancias críticas producidas por los habitantes de un mundo invisible” (Eliade, 1961:184-185, trad. nuestra).

El shamanismo se inserta en un todo coherente de la cultura autóctona; es occidente quien lo concibe como bizarro, homologándolo a la enfermedad mental, principalmente en las crisis de iniciación y las experiencias visionarias durante el viaje shamánico. En el caso de las crisis de iniciación, bien podría tratarse de una breve psicosis reactiva, o alguna variante de desorden esquizofreniforme, aunque quizás pudiera concebirse como un desorden psicótico no especificado. Sin embargo el diagnóstico más común ha sido el de esquizofrenia, lo cual diría mucho del poco conocimiento en psiquiatría de los primeros investigadores antropólogos en abordar el tema. Además, el factor de deterioro progresivo, central en la esquizofrenia, no es encontrado en los shamanes, quienes se muestran excepcionalmente sanos para cumplir su función social. Según Eliade el shamán es una persona que no sólo está sana, sino que ha triunfado en la cura de sí mismo, revelando cualidades excepcionales para su grupo social. Muestra gran energía y concentración, control en los EAC, gran inteligencia, capacidad de liderazgo, gran memoria y manejo de rituales y mitos. Incluso en los rituales de iniciación shamánicos, donde el practicante exhibe conductas bizarras dada la crisis que acarrean, podemos ver como el Yo se reestructura óptimamente, en una especie de viaje metanoico al estilo Laing.

Para entender la conjunción entre disturbios mentales y cualidades excepcionales shamánicas, debemos ser capaces de ver como las crisis son capaces de llevar a una resolución de determinados conflictos psíquicos, haciendo que el sujeto llegue a estar mejor de lo que estaba antes. Roger Walsh propone el estudio de lo que denomina “crisis transpersonales”. En ellas los procesos psicológicos parecen responder a arquetipos no limitados a ninguna cultura en particular. Las experiencias de muerte y renacimiento, vuelo mágico, espíritus animales, impulsos de curación, etc., parecen suceder en una amplia gama de casos. Por otro lado, la capacidad terapéutica de estas crisis transpersonales, necesitan de la contención, disposición y fe del individuo. Shamanismo como un sistema de cura a través de la inducción, el mantenimiento y la interpretación del EAC, y sus estados visionarios correspondientes. Dicha cura implica un rol social; si bien la capacidad de entrar en el EAC tiene que ver con predisposiciones psicobiológicas quizás universales, su utilización y desarrollo compete a variables culturales.

Shamanismo y Estados alterados

El Shamán es un especialista religioso que cultiva determinado EAC para funciones terapéuticas de corte comunitario. El EAC implica la entrada al mundo de lo sagrado. Éstas prácticas resultan de gran importancia si tomamos en cuenta que los EAC se encuentran institucionalizados en un 90 por ciento de las culturas existentes. En una cultura occidental, racionalista y secularizada, resulta extremadamente difícil comprender las prácticas relacionadas a los EAC, así como las diferencias entre ellos. Michael Harner denomina “cognocentrismo” a aquella tendencia a asumir que el estado usual o cotidiano de la conciencia es el óptimo para el desarrollo del sujeto. Roger Wash critica no solo la equivalencia entre estados shamánicos y otras experiencias místicas, sino la homogeneidad entre los mismos estados shamánicos. Sus variaciones podrían darse incluso de viaje en viaje, así como en las diferencias individuales entre practicantes: “…esto nos señala que variaciones considerables pueden ocurrir y que incluso el mismo concepto de ‘estado de conciencia’ es una arbitraria y estática cristalización de lo que es, en la experiencia vivida, un flujo dinámico multidimensional de la experiencia” (Walsh, 1993:745, trad. nuestra).

A través del mapeo de distintas prácticas relacionadas a EAC (budismo, Yoga, shamanismo), Roger Walsh llega a tres conclusiones:

1) Que existen múltiples estados shamánicos de conciencia;
2) que otras tradiciones como la budista o el Yoga tienen sus propias prácticas y caminos;
3) que múltiples estados pueden existir incluso dentro de una misma práctica.

Las descripciones de Walsh se basan en textos clásicos, descripciones recientes, entrevistas con practicantes avanzados de oriente y occidente, test psicológicos, y su experiencia personal de mas de quince años de meditación. El autor propone entonces un mapeo de los distintos EAC, de acuerdo a determinadas dimensiones de mayor relevancia:

1) Grado de conciencia de la experiencia contextual o del medio ambiente;
2) Habilidad de comunicación;
3) Concentración: a. grado de
b. fija, momentánea o fluida
4) Grado de control: a. Capacidad de entrar y salir de la ASC a voluntad;
b. capacidad de controlar los contenidos de la experiencia;
5) Grado de excitación;
6) Grado de calma;
7) Sensibilidad a la recepción sensorial;
8) Naturaleza del sentido de si o identidad;
9) Afecciones (placer, dolor);
10) Experiencias extracorporales;
11) Experiencia interna: a. sin forma;
b. con forma, i. grado de organización,
ii. modalidad de los objetos
predominantes (visuales, somáticos,
acusticos),
iii. intensidad de los objetos,
iv. nivel psicológico (personal,
arquetípico);
12) Nivel de desarrollo del estado (en algunas disciplinas existe una secuencia progresiva).

Así por ejemplo, en el shamanismo hay una bajo grado de conciencia en relación al ambiente, la habilidad para la comunicación se muestra reducida, la concentración es en gran parte fluida en tanto se pasea de un objeto a otro; hay cierto control de la experiencia. Las experiencias extracorporales cobran una importancia central, dado el carácter ek-statico (del griego, stasis= estar, ek= fuera) de la práctica. En la esquizofrenia el grado de conciencia y la comunicación están distorsionados, existe escaso control sobre la experiencia, un sentido de si desintegrado, contenidos fragmentados e incoherentes. En el vipassana budista la percepción del ambiente aumenta, la comunicación es posible, el control sobre la experiencia es bastante bueno, hay una desconstruccion controlada, tanto de la experiencia como de la identidad. En el patanjali yoga hay reducción de la experiencia sensorial del ambiente y aumento de la sensibilidad somática (predominio del en- stasis, al decir de Eliade); la comunicación se muestra disminuida y hay un buen control de la experiencia. Para Walsh el mapeo fenomenológico falla con experiencias de no dualidad como la Zen o la Vedanta advaita, conclusión que quizás podamos relacionar a su fe budista. Utiliza a su vez concepciones muy útiles, como la distinción de Eliade entre ‘Éxtasis’ y ‘Entasis’. En la primera predomina el viaje fuera del cuerpo (por ejemplo shamanismo); en la segunda la experiencia interna (por ejemplo el Yoga). Por otro lado, Walsh usará la palabra “Trance” para denominar aquellos EAC con una atención focalizada, sea en un objeto externo o interno, y que implicaría una reducción de la conciencia del contexto experiencial. Resulta de gran importancia la observación realizada por el autor de cómo se relacionan las concepciones míticas culturales con los contenidos de la experiencia en los EAC:

“Estas tres prácticas inducen especificas experiencias religiosas significantes. Lo que es remarcable es como éstas experiencias son consistentes con la visión del mundo y la ontocosmología de la tradición. Esto sugiere que hay una intrigante complementaridad entre la visión del mundo de una tradición y su tecnología de trascendencia, una efectiva tecnología (conjunto de prácticas) que produce experiencias consistentes con su visión del mundo” (Walsh, 1993:758, trad. nuestra).


Vemos como, a través de la inducción de EAC, el shamán produce y reproduce imágenes mentales relacionadas con las cosmologías de su tradición. El inconsciente es siempre social, y el proceso primario en el que el shamán se embarca no es una producción individual de un sujeto aislado de su contexto, sino que requiere un aprendizaje, una tecnológica que involucra la producción de imágenes mentales, un inconsciente productivo donde se maquinan secuencias de perceptos que se ensamblan y agencian a una demanda social relativa a determinados problemas sanitarios.




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Walsh, R. (1993) “Phenomenological mapping and comparisons of shamanic, buddhist, yogic and schizophrenic experiences”. En: Journal of the American Academy of Religion. Vol. 61, nº4: 739-769. Oxford University press.
(1997) “The psychological health of shamans: a reevaluation”. En: Journalof the American Academy of Religion, Vol. 65, Nº 1: 101-124. Oxford University Press.

lunes, 18 de febrero de 2008

El núcleo perverso del cristianismo



“¿Che vuois?” (“¿que quieres de mi?”) pronuncia Jesucristo en la cruz ante la penuria. Y porque no también la Coca Sarli, al encontrarse despojada de sus ropas e impotente ante la infamia de algún hombre. “¿¡Qué pretende usted de mi, degenerado!?”, grita la Coca mientras arrastra con su desnudez el deseo de un pobre obrero que viene de trabajar, cansado, absorto en su vida alienada y anhedónica. Para el tipo ese, la Coca es un asado listo y pronto para comer, pero prohibido por una suerte de “ácido úrico” moral. Algo similar ocurre con el núcleo perverso del cristianismo que desarrolla Zizek. Cuando Cristo pregunta a Dios por qué lo ha abandonado, comete el pecado de renegar su fe. Pero este Dios parece haber dispuesto todo para que eso ocurra, como si en el deseo de Dios estuviera oculto un doble juego perverso. Lo mismo sucedería con el pecado original (la manzana que seduce a Adán y Eva), con la traición de Judas (sin la cuál no habría redención). Dios empuja al hombre hacia el pecado y luego le prohíbe, al igual que la Coca Sarli se desnuda y grita para no ser poseída, mientras toca sus kleinianos “pechos buenos”.

"Mira, te voy a dar un poco de información de primera mano sobre Dios. A Dios le gusta mirar. Es un travieso. RefIexiona. Le da al hombre instintos. Te da un don extraordinario y Luego, ¿qué hace? Te juro, por diversión propia para su propio rollo cósmico privado de chistes pone las reglas en oposición. Es la gran broma. ‘Mira, pero no toques’. ‘Toca, pero no pruebes’. ‘Prueba, pero no tragues’. Y mientras estamos saltando de un pie al otro, ¿qué hace él? ¡Está riéndose a carcajadas, el muy enfermo! ¡Es un mojigato! ¡Es un sádico! ¡Es un casero ausente!”
(Al Pacino, personificando al Diablo en El abogado del diablo -“The Devil´s Advocate”-, 1997.).




En un análisis de corte hegeliano (dialéctica, síntesis, desdoblamiento de sí y autoconciencia), Zizek propone una alternativa: “…la única manera de evitar semejante lectura perversa es insistir en la IDENTIDAD absoluta de los dos gestos: Dios no nos empuja PRIMERO hacia el pecado y LUEGO se ofrece como el REDENTOR que nos saca del atolladero en el que él mismo nos sumergió; no se trata de que la redención venga después de la caída: la caída es IDENTICA a la redención, es ‘en sí misma’ ya la redención” (Zizek, 2005:162). El mal, la caída, estaría en la mirada del que la enuncia como tal, y en el reconocimiento del espíritu de sí mismo, Adán y Cristo terminan siendo una misma persona. En el cristianismo el espíritu universal comienza, según Hegel, su reconocimiento de sí mismo, como ser separado, dividido, “para sí”, tal y como Cristo es el abandono de sí mismo efectuado por Dios. “La infelicidad externa tiene que convertirse, como queda dicho, en el dolor del hombre en sí mismo. El hombre debe sentirse como la negación de sí mismo, lo separado, lo dividido… El conocimiento, como abolición de la unidad natural, es el pecado original, que no es un accidente, sino la eterna historia del espíritu” (Hegel, 1997:549) Vemos en Hegel lo que Freud de alguna manera nos advertía: la forma en que los filósofos introducen nuevamente a Dios, pero a través de conceptos abstractos.
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Sacado de:

Apud, Ismael (2006) Racionalismo y secularidad. La religión desde la teoría antropológica, Freud y Nietzsche. Publicado en: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/apud/Secularidad_y_religion.htm en agosto del 2006.
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Citas:
HEGEL, G.W.F. (1997) Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Vol. 2. Altaya, Barcelona.

ZIZEK, S. (2005) El títere y el enano. Paidos, Buenos Aires.
Imagen de H.R. Giger.

sábado, 2 de febrero de 2008

Religión en Uruguay

1- Estudio de la religión en los ámbitos académicos

En nuestro país el estudio del fenómeno religioso comienza a desarrollarse según determinadas visiones hegemónicas. Una primer característica central de esta concepción hegemónica es como nuestra tradición judeo-cristiana no permite el calificativo de religión a ciertas expresiones populares, relegándolas al terreno de la magia y la superstitio. [1] Así es que los primeros estudios se preocupan únicamente por la Iglesia Católica, cegándose ante otros sistemas de creencias. Por otro lado tenemos una concepción liberal y jacobina, en pugna por separar el campo político del religioso. Este fenómeno denominado proceso de “secularización”[2], obtiene su cierre definitivo con el Art. 5º de la Constitución de 1917, y fue impulsado bajo cierta concepción positivista y evolucionista del fenómeno religioso. Se trata de una corriente liberal de “creyentes”, con una teleología propia de la modernidad donde el papel de la religio sería concebido como una superstitio más, siendo la “razón” la nueva verdad revelada: la religión “ciencia” y su dios “razón”. Bajo esta ideología se establece entonces la secularización del estado y sus diversas instituciones, como las educativas, el Registro Civil, los hospitales, etc. Todo esto llevará a que Uruguay sea concebido durante mucho tiempo como un país laico y poco religioso, lo cual resulta, como veremos a continuación, poco acertado.

El modelo secularizador que encontramos en Uruguay está fuertemente influenciado por los reformadores franceses del siglo XIX, quienes traerán consigo una radical y agresiva concepción jacobina, que causará una política estatal negadora de los aspectos espirituales así como una segregación de la religión a los espacios privados que en el correr de las décadas producirá cierta clase de ceguera hacía las necesidades religiosas de la población. Sin embargo, frente a la necesidad cada vez mayor de contemplar la pluralidad cultural y el desarrollo de nuevas manifestaciones religiosas propio de nuestra era posmoderna, están surgiendo nuevas posiciones en nuestro país. Recordemos por ejemplo la polémica en torno a la Cruz del Papa, donde viejos debates cristalizaron en nuevas resoluciones.

Esta ceguera propia del modelo de secularización francés, así como una tradición que homologa los términos religión e Iglesia Católica, serían dos de los prejuicios en los que se enmarcarían los primeros estudios religiosos en Uruguay. Dentro de estos encontramos a Arturo Ardao, que en 1962 publica un estudio sobre Racionalismo y liberalismo en Uruguay, donde estudia el modelo liberal que mencionábamos anteriormente. En 1964 surge La religión en el Uruguay de Carlos Rama, quien realiza un estudio centrado sobre la Iglesia, relegando cualquier otro tipo de creencia al lugar de la superstitio,[3] así como estableciendo un marcado énfasis en la importancia de los valores laicos para el progreso de la sociedad. En 1965 el Centro de Estudios Cristianos publica Aspectos religiosos de la sociedad uruguaya, de corte protestante, y en 1969 Methol Ferré escribe Las corrientes religiosas. Sin embargo ya por esta década comienzan los primeros estudios de los nacientes cultos afro- brasileños, primero en los medios de comunicación, luego en el ambiente académico con Pi Hugarte y Vidart, en 1969. También encontramos otros estudios tanto académicos, liberales, como de corte catolicista.

En los setenta el nacimiento y desarrollo de los estudios religiosos comienza un abrupto estancamiento producto del golpe de estado y la dictadura militar. Aparecen entonces unos pocos estudios de mínima trascendencia. Con la llegada de los ochenta, llega un nuevo aire democrático y una creciente pluralidad cultural, comienzando a surgir nuevos estudios sobre religión. También comienzan a adquirir visibilidad no sólo religiones anteriormente ignoradas por el ámbito académico, o bien ocultas por la situación dictatorial, sino además nuevas formas de religiosidad, algunas institucionalizadas, otras adoptadas en forma espontánea. Surgen a partir de entonces estudios sobre la multiplicidad de creencias que abundan y comienzan a mostrarse en nuestro suelo. En el caso del catolicismo tenemos por ejemplo a Barrán, Geymonat, Caetano; en las afrobrasileñas a Moro y Ramirez, Porzecanski, Pi Hugarte; en los neopentecostales a Gigou, Pi Hugarte.

A continuación daremos un breve panorama sobre el desarrollo de las religiones en Uruguay. Comenzaremos por la Iglesia Católica y su relación con el estado en lo que se llama proceso de “secularización”. Seguiremos luego con las protestantes, los cultos populares afro- brasileños y el cristianismo popular. Luego seguirá un breve mirada a otras corrientes menos difundidas así como aspectos que si bien no son considerados religión en un sentido estricto, sí podemos clasificarlos en torno al fenómeno más amplio de lo que es la “religiosidad”.


2- Iglesia Católica y estado

La separación de estas dos instituciones es considerada una característica esencial para la aparición del estado moderno, así como para la “secularización” de las sociedades actuales. En Uruguay el proceso comienza en las últimas décadas del siglo XIX y se consolida definitivamente con el segundo gobierno batllista. A partir de allí comienza lo que se denomina la etapa del “gueto” católico, donde la Iglesia se repliega sobre sí misma junto con su “rebaño”. Sin embargo a partir de la década de los 60’, y en especial luego del Concilio Vaticano II, la Iglesia volverá a abrir sus puertas y comenzará con políticas sociales solidarias. Con la dictadura la Iglesia, como todo el país, sufre un nuevo repliegue. La llegada de los 80´ y la caída del régimen dictatorial, permiten un nuevo despliegue de las instituciones religiosas. El comienzo de una nueva situación cada vez más globalizada y plural, pone actualmente en cuestión el modelo laico en su forma radical y permite a la Iglesia así como a las demás religiones, un mayor despliegue en los espacios públicos.

El proceso de secularización comienza por la época de 1860, más que nada como consecuencia del enfrentamiento entre dos tendencias en pugna: los jesuitas (más conservadores, romanizantes y ortodoxos) y los masones (de corte liberal y racionalista). Vemos ya en 1859 ciertas discrepancias en torno al puesto de vicario de Montevideo, que llevan a una situación tensa y agresiva entre ambas partes. El nuevo Vicario Jacinto Vera, nombrado por el vaticano por su corte ortodoxo, impone un estilo agresivo y directo, que llevará a diversos conflictos con las corrientes católico-masonicas. Uno de los más conocidos es el de la secularización de los cementerios, en el año 1861, que dejaba en manos de las autoridades civiles su administración, anteriormente en manos de la Iglesia. Estos conflictos llevaron a la separación definitiva de los masones con la Iglesia. En los siguientes años el conflicto se torna menos agresivo y más letrado, surgiendo diversos clubes, revistas y sociedades, tanto de las corrientes liberales (“La Revista Literaria” en 1865, “Club Racionalista” en 1872, “Profesión de Fe Racionalista” en 1877, etc.) como de la Iglesia Católica (“El Mensajero del Pueblo” en 1875, “Club Católico” en 1877, etc.).

Es recién en 1877 y en 1879 que encontramos conflictos de importancia legal y política. Tenemos por un lado la Ley de Educación Común, propiciada por José Pedro Varela y aprobada en 1877, que comenzaba el proceso de secularización a nivel de la enseñanza, y la Ley de Registro Civil, que dejaba en manos del estado todo lo concerniente a registros (nacimientos, defunciones, matrimonios). En 1885 se dictan la Ley del Matrimonio Civil, dándole al mismo el estatuto de obligatorio y previo al religioso, así como único reconocido a nivel legal, y la Ley de Conventos, que exigía el reconocimiento del Poder Ejecutivo para cualquier casa religiosa. Se trataba no sólo de una progresiva apropiación estatal de lugares y funciones públicas que anteriormente pertenecían al clero, sino también de una campaña agresiva que intentaba erradicar a la Iglesia misma, considerada como vestigio inútil de un pasado a ser superado, un obstáculo para la libertad y la razón en todo ser humano.

Con la llegada del nuevo Obispo de Montevideo Mons. Mariano Soler y figuras como Francisco Bauzá y Juan Zorrilla de San Martín, la Iglesia adquiere un impulso intelectual favorable, buscando una suerte de conciliación con los sectores menos radicales, y confrontando aquellos sectores anticlericales y jacobinos. Pero con la primer presidencia de José Batlle y Ordoñez (1903) comienza el cierre definitivo a la contienda secularizante. Es así que en 1905 se inaugura el Hospital de Niños Pereira Rosell, bajo condición de que no hubiera ningún símbolo religioso en el mismo; en 1906 la famosa “remoción de crucifijos” de los hospitales, y en 1907 se promulga la Ley de Divorcio y se suprimen los elementos católicos de todo juramento parlamentario. En 1909 y bajo la presidencia de Williman, se suprime definitivamente la enseñanza religiosa en la educación pública. Y con la segunda presidencia de Batlle, en 1911, el proceso llegará a su fin definitivamente, bajo su redacción definitiva en el Art. 5º de la Constitución Nacional de 1917. Otras medidas fueron la supresión de feriados religiosos, el retiro del embajador del Vaticano, nuevas inspecciones y controles sobre conventos y escuelas privadas, el cambio de nombre de distintos lugares del país[4], etc. Es así como comienza la construcción de un imaginario colectivo homogeneizante, en el cuál se ideologiza y se da forma al “uruguayo”, produciendo una nueva identidad con su historia, su sistema de valores y sus lugares comunes. La laicidad, el progreso, la democracia, el estado protector y cierta prosperidad, serán elementos tempranos de esta construcción mítica.

Surge como concecuencia un proceso de repliegue por parte de la Iglesia, comúnmente llamado “gueto católico”. Una Iglesia Católica encerrada sobre sí misma, no sólo debido a la privatización de sus ámbitos, sino también producto de una percepción (justificada) del “afuera” como agresor y perjudicial a sus valores e instituciones. La Iglesia formó entonces una estructura similar a las “instituciones totales” de Goffman, tratando de abarcar la totalidad de la vida del creyente. El objetivo ya no era llevar el mandato de dios a todas partes de la sociedad, sino que ahora se buscaba cuidar el rebaño de las influencias del “enemigo” y del “mal”. Surge una prédica disciplinadora y moralizante, dónde se exige al creyente un distanciamiento de las costumbres de la época. Se condenaban determinadas formas de vestirse (especialmente los atuendos femeninos provocativos); se prohibían ciertos lugares públicos (teatros, bailes, playas, cine, fútbol). En los 30´ surge una intensa preocupación y condena del comunismo, que crecía cada vez más en popularidad. También comienza la creación de instituciones como la Acción Católica (1932), que buscaría afianzar la moralización del rebaño. Sin embargo dicha institución comenzará a anticipar nuevos rumbos promovidos por el Vaticano. En la década de los 50´ comienza a establecer una actitud más abierta, creando instituciones específicas que actuaban sobre áreas sociales particulares (Juventud Estudiantil Católica, Juventud Obrera Católica, Movimiento Familiar Cristiano, etc.) También surgen nuevos cambios en la estructura eclesiástica (nuevas diócesis), debido a la preocupación creciente de acercar el clero a la vida del pueblo.

Los años sesenta marcan un nuevo rumbo para la Iglesia Católica uruguaya. Tenemos por un lado una profunda crisis económica y social que replantea los modelos ideológicos vigentes[5]. Por otro lado encontramos dentro de la Iglesia nuevos cambios a nivel internacional. Pues es con el Concilio Vaticano II, que los objetivos y la estructura eclesiástica se transforman con el objetivo de una mayor apertura a la sociedad, enfocándose en la ayuda a los sectores más necesitados y la defensa de valores como la “justicia social”, la “igualdad” y los Derechos Humanos. El trabajo de la Iglesia no se reduciría más al ámbito eclesiástico sino que buscaría la participación activa de los laicos. El “afuera” ya no era enemigo hostil sino que se transforma en el lugar donde la Iglesia desarrolla sus acciones y transmite su mensaje. Tenemos también una renovación litúrgica de las prácticas catequísticas[6] en vías de una mayor comunicación con el pueblo. Esta renovación produjo ciertas divisiones y resistencias, aunque de todos modos las corrientes “renovadoras” terminaron imperando sobre las “conservadoras”. Surge entonces en Latinoamérica la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín. En Uruguay se forma la Conferencia Episcopal Uruguaya (CEU, 1965). Surgen a lo largo de la década instituciones como el Oficio Catequístico Nacional (1964) o el Instituto Teológico del Uruguay “Mons. Mariano Soler” (1967). Se aplicó desde entonces el modelo conocido como “Pastoral del Conjunto”, programa de acción dirigida al compromiso, tanto de laicos como sacerdotes, con los problemas del mundo. Dentro de este modelo de acción se criticaba tanto al sistema capitalista y su lógica competitiva que instaura y promueve las desigualdades, como a aquellos que buscan la transformación del mismo por medio de la violencia (comunistas). Entre ambas partes la Iglesia se posicionaba mediante una acción pacífica y de “opción por los pobres”.

Su posición crítica tanto de los movimientos de “derecha” como de “izquierda” lleva a una tensión con ambos bandos, especialmente con el gobierno llegada la década de los 70´. “En esa década, y hasta la aparición de la dictadura instalada con el golpe de Estado de 1973, los pronunciamientos públicos de los obispos eran claros, situándose en el lugar de los más desfavorecidos, preocupándose por la vigencia de los Derechos Humanos.” (Da costa, 2003: 67). A partir del golpe de estado muchos personajes relacionados con la Iglesia Católica son vigilados, perseguidos e incluso encarcelados bajo el pretexto de subersión y comunismo. La Iglesia Católica es considerada por los militares un enemigo más, sometiéndola a controles y otras formas de represión tanto directas como indirectas. Este clima hostil llevara a que las autoridades eclesiásticas decidan en 1974 no hacer ningún tipo de declaración más.[7] Con la llegada de los 80´ llega también la democracia y de este modo la Iglesia comienza nuevamente con los ideales promovidos por el Concilio Vaticano II. La visita del Papa Juan Pablo II en 1987 y, en su homenaje, la instalación de la “Cruz del Papa” de Tres Cruces, hace surgir de forma manifiesta ideologías que se encontraban latentes en el imaginario uruguayo. Se inicia nuevamente el debate sobre la laicidad del gobierno y de los espacios públicos. El problema desencadenante consistía en dejar o no la Cruz en el espacio público. Paradójicamente son los sectores herederos de la tradición batllista (Partido Colorado) los que promueven su permanencia[8]. El proyecto de ley será redactado por Gonzalo Aguirre (Partido Nacional), manteniéndose la cruz en calidad de “monumento histórico conmemorativo de un acontecimiento histórico” y será finalmente aprobado el 11 de junio de 1987. Lo importante de este debate es la cristalización de viejos problemas que fluían dispersa y no concientemente en el imaginario colectivo. Dentro de estos se encontraban temas como lo religioso en los espacios públicos y privados, la relación de lo religioso (y principalmente de la Iglesia) con el estado, los valores nacionales en torno a la lacidad, así como nuevos problemas como la creciente pluralidad y fragmentación de las subjetividades uruguayas y el comúnmente llamado “retorno de lo religioso”.

3- Otros movimientos judeo- cristianos

Dentro de los más tempranos tendríamos a grupos de inmigrantes protestantes que ingresan a nuestro país en las primeras décadas de siglo XIX. Los primeros grupos, que Geymonat cataloga como “Iglesias étnicas”[9] (ingleses anglicanos, valdenses) comenzarían a establecerse en la época de las invasiones inglesas aunque de forma efímera. En 1835 comienza la llegada de ministros, a través de la Iglesia Metodista Episcopal de Estados Unidos (Iglesia de corte misionero y estructura expansiva). En la década de los 40´ comienzan a establecerse los anglicanos y en la siguiente comienza a consolidarse las primeras colonias agrícolas valdenses (Colonia del sacramento, Soriano). En los 60´ comienzan a asentarse corrientes metodistas estadounidenses (llegada del pastor Thompson en 1868, fundación del periódico “El Evangelista”por Wood en 1877 así como movimientos expansivos hacia diversos lugares del país). Para finales de siglo XIX las iglesias de corte evangélico gozaban de una considerable popularidad y nuevas corrientes aún seguían invadiendo nuestro territorio (Ejército de Salvación en 1891, protestantes adventistas en 1906, Iglesia Cristiana Evangélica 1908, etc.).

Ante los enfrentamientos Iglesia Católica- estado, las corrientes protestantes tomaran, en un principio, partido por el estado y la secularización (recordemos la anticlericalidad y la “individualidad” promulgada por estos movimientos). Pero un poco después serán ellos los que comiencen a ser atacados por el estado. Surge entonces un proceso similar al de los católicos, que lleva al repliegue, principalmente en el caso de las iglesias misioneras (recordemos que en el caso de comunidades como la valdense, el repliegue es estructural a su forma de vida).

El comienzo de siglo trae consigo nuevas olas de religiosidad: armenios, luteranos, reformados suizos, pentecostales estadounidenses, entre otros. En la década de los 20´ comienza una oleada numerosa de judíos[10] así como la llegada de los primeros testigos de Jehová y de la Iglesia Ortodoxa Armenia. Luego de la Segunda Guerra comienzan nuevas aperturas de las religiones misioneras para con la realidad del país. Al igual que la Iglesia Católica, los metodistas y otras iglesias de corte misionero comienzan a resurgir en los espacios públicos. También comienzan procesos de asimilación y naturalización de las subjetividades cerradas que producían las comunidades del tipo “étnico”. Así, mientras las corrientes misioneras producían nuevas formas de apropiación del consumo de religiosidad (caso del pentecostalismo), las comunidades de inmigrantes plantean sus estrategias en torno al mantenimiento del rebaño y su identidad étnica.

Luego de la dictadura y con la llegada de la democracia, así como con la progresiva globalización e invasión del capitalismo en las diversas esferas de lo cotidiano, es que el mercado de bienes simbólico- religiosos comienza a diversificarse en forma exponencial. Y es en este contexto que nuevas religiones misioneras se configuran en base a un modelo empresarial de captura de consumidores potenciales, generalmente mediante la promesa de satisfacción inmediata de necesidades urgentes, por vía del milagro divino. Es así que comienza a adquirir notoria popularidad los nuevos movimientos pentecostales (neopentecostalismo), como la Iglesia del Reino de Dios, Ondas de Amor y Paz, Dios es Amor, etc.[11] Provenientes principalmente de Brasil, aunque también de la frontera con Argentina, este neopentecostalismo se caracteriza por una estructura empresarial dirigida a las capas populares, utilizando la oferta de soluciones milagrosas a sus problemas sociales. Esto mediante la utilización de un líder carismático que dirige un ceremonial donde se conjuga la música, la participación activa del público, el exorcismo, la curación, y/o medios de comunicación como la radio y la televisión[12]. La maquinaria narrativa de este tipo de instituciones consiste, según Guigou y Rovitto, en la utilización de la vieja dualidad bien- mal para la acción “terapéutica” sobre el sufrimiento y la enfermedad, asimilando al mal siempre a algún grupo religioso que se encuentre en las localidades de la región. El lugar del mal sería ocupado en nuestro país por los cultos afro- brasileños. Sus dioses y espíritus son para los neopentecostales entidades malignas y demoníacas[13]. A través de la comunión con dios y su palabra los sufrimientos producidos por estas diversas entidades malignas son desterrados y el bien (homologado a la satisfacción económica, el éxito y la salud) es alcanzado.

Por último tendríamos lo que se podría denominar como “catolicismo popular”[14], asimilación popular de la religión cristiana de acuerdo a las propias necesidades de las capas populares. Se trataría de una apropiación “no oficial” y por lo tanto no reglada por aparatos institucionales legitimadores. Esto llevaría a variados sincretismos (principalmente con la Umbanda), propios de una religiosidad sin un control estricto que dictamine los límites de la cristiandad. Otra característica sería el espíritu pragmático; la búsqueda de “soluciones mágicas” a los problemas de la vida (demanda a la que se articulan tanto los cultos afro- brasileños como los neopentecostales). Esta búsqueda de lo práctico muchas veces deriva en la producción de una cantidad de intermediarios, en este caso santos y vírgenes, encargados de cumplir funciones específicas; “mediando” entre el pueblo y un dios demasiado abstracto para los problemas de la vida cotidiana. Tenemos así a San Roque, San Cono, San Cayetano, la Virgen del Verdún, etc.


4- Los cultos afro- brasileños o “cultos de posesión”[15]

Dentro de las religiones que podrían considerarse como “populares” tendríamos en Uruguay tres ramas principales: catolicismo popular, iglesias “carismáticas” y religiones afro- brasileñas. El primer grupo comprendería una cantidad de creencias dispersas y enmarañadas en el entramado simbólico cultural uruguayo, penetrando tanto en las diversas iglesias cristianas como en las religiones umbandistas. Sus prácticas y símbolos tendrían procedencias múltiples, muchas veces de grupos de inmigrantes (la comunidad italiana por ejemplo) aunque siempre libradas a las mareas del localismo. El segundo caso sería el de los neopentecostales, de estructura empresarial- misionera, cuyo desarrollo radica en ofrecer soluciones “milagrosas” a los problemas cotidianos del pueblo, esto mediante la evangelización y el desterramiento del mal (ya vimos como en nuestro país el lugar del chivo expiatorio lo ocuparían los cultos de posesión, generando ciertas tensiones que por suerte aún no han pasado de lo “verbal”).

En el caso de las religiones afro-brasileñas como culto popular, éstas responden a ciertos patrones mencionados anteriormente como ser el pragmatismo y la intermediación. En este caso la intermediación es por medio de espíritus de los antepasados o divinidades que se comunican con la comunidad a través de un “médium”. Por otro lado tenemos un sincretismo que abarca cultos africanos (con la llegada de barcos con negros esclavos traídos a sudamérica), cristianos (cristianismo popular), el “espiritismo de mesa” kardeciano (siglo XIX, Francia) e influencias tupí- guaraníes, todo esto reelaborado y reinterpretado de acuerdo a los diversos localismos. De central relevancia es el fenómeno extático del “trance”, “posesión” o “incorporación del espíritu” en el cuerpo del “médium”. Es a través del mismo que el mundo humano se conecta con los espíritus, quienes despojan al consultante del mal y las fuerzas negativas. Se trata de una experiencia extática pues “… el trance es, al mismo tiempo que transición entre vivos y muertos, descendientes y antepasados, humanos y divinidades, orden social y orden religioso, transformación psico- fisiológica que opera en el cuerpo.” [16] (Porzecanski. En: Gaymonat, 2004: 98) Por último tenemos una organización sin centralización u organismos que controlen el conjunto de prácticas y creencias. “Es claro que al no exisitir ninguna organización centralizada de casas de religión, con potestad como para imponer con homogeneidad contenidos dogmáticos, formas rituales y ordenaciones sacerdotales que pudieran ser por eso consideradas como canónicas, las diferencias que a esos respectos se encuentran de un local de culto a otro, pueden ser por demás notables.” (Pi Hugarte, 1998: 26) Y es así que el culto dependerá entonces no sólo de las diversas costumbres cultuales en las que se encuentre inmerso, sino además de ciertos aspectos extrínsecos al mismo, propiciando en cada terreira (casa de religión) de cada pai o mai un sello distintivo.

El primer indicio de este tipo de religiones en nuestro país data de 1936, cuando la Mai Da. Ramona Arrieta comienza con su terreira. En 1942 se registra el primer templo umbandista del Uruguay, dirigido por la Mai María das Matas. Sin embargo, “Aún cuando pueden señalarse –como ya hemos dicho- aislados antecedentes previos, es a fines de la década de los años 50 cuando el continuado avance de la Umbanda en Brasil había llevado a que esta tocara las localidades fronterizas con Uruguay… En la década de los años 60 ya funcionaban en Montevideo, aunque pocos, algunos locales dedicados a la Umbanda” (Op. cit.: 41) En el período dictatorial los cultos de posesión tuvieron escasa persecución, quizás debido a la poca peligrosidad de los mismos para el régimen militar. Existía sí cierto control, que las autoridades ejercían sobre sus templos ya desde antes al régimen dictatorial, debido a cierta incomodidad de los vecinos por los “ruidos molestos” del ceremonial.[17] Con la llegada de los 80´ la expansión y visibilidad se hace notoria a través de congresos, seminarios, revistas y festividades. El día de Iemanyá, festividad que se celebra el 2 de febrero en la playa Ramirez, se transforma en gran fiesta pública en el año 1987. En 1994 se inaugura el monumento a Iemanja, en la misma zona, introduciendo definitivamente a las religiones afro- brasileñas dentro del conjunto de rasgos identitarios de la cultura uruguaya.


5- Otras formas de religiosidad

La diversidad del fenómeno religioso en nuestro país no queda, sin embargo, circunscripto a estas tres grandes corrientes (Iglesia Católica, protestantismo o evangelismo en su concepción amplia, y religiones afro- brasileñas). El espectro religioso abarcaría también la llegada cada vez más numerosa de nuevas religiones, muchas de ellas introducidas en la década de los 70´, cuyo desarrollo y explosión comenzaría recién con la culminación del período dictatorial y la llegada de la democracia en los 80´. Vemos entonces la emergencia en Uruguay de religiones como los krishnaístas (1970), la Iglesia Gnóstica (1977), Seicho No Ie (1978), la Iglesia de la Unificación de Sun Myung Moon (1980), así como nuevas formas de religiosidad, que si bien no son transmitidas mediante instituciones legitimantes, sí producen cambios y promueven la emergencia de posteriores vínculos con organizaciones internacionales. Es el caso de la corriente “new age”, conjunto de creencias de origen difuso y heterogéneo (psicología, orientalismo, ecología e incluso música y esoterismo). El contacto con la misma es difícil de determinar, aunque es probable que se haya desarrollado con la llegada de la democracia, que trajo una mayor posibilidad en la difusión de libros importados y materiales. Los adeptos provienen de las clases más intelectuales, y dieron mercado a las nuevas medicinas orientales, “Centros Holísticos”, escuelas de Hatha- Yoga[18] y al Budismo, en lo que nos concierne. Un dato bastante relevante a nuestra investigación es la incorporación de la noción de reencarnación en el conjunto de creencias uruguayas y que según el sociólogo Nestor Da Costa, abarcaría un 13, 3 por ciento de la población en el 2001 (Da Costa, 2003).[19] La idea de la reencarnación sería de suma importancia para la adopción de doctrinas como la del budismo y el hinduísmo, que construyen sus cimientos sobre ideas de origen upanishadico, como la noción del karma (causalidad universal) y el samsara (ciclo de reencarnaciones). Sin embargo la no linealidad de las creencias que percibe Da Costa en la religiosidad uruguaya[20], así como la ambivalencia discursiva que pueden mantener la doctrina budista, pueden permitir conjunciones insospechadas en el conjunto de creencias del practicante.




Notas:

[1] “Ese término, superstitio, fue acuñado por ese pueblo de abogados, leguleyos y burócratas como el reverso en negro (condenado y rechazado) de la religio romana, única forma de religión que consideraban legítima… Superstitio quería decir, acaso, superviviencia, algo así como un residuo fósil del mundo ancestral anterior a la hegemonía de Roma.” (Trías. En: Derrida, 1997: 134)
[2] Señalemos que dicho proceso puede tener sus raíces en formas anteriores a la modernidad y el protestantismo. Esta sería la postura que Peter Berger plantea en “El dosel sagrado” (1999), encontrando sus incipientes orígenes en la religión del antiguo Israel. Elementos tales como la desmitologización de las culturas adyascentes, la historización de los acontecimientos y la racionalización de la moral serían en cierto modo la semilla del proceso secularizante.
[3]En las capas menos cultivadas la religión se mezcla con una superstición ingenua e inorgánica… el fenómeno sociológicamnete más concluyente para mostrar la decadencia religiosa es la creciente sustitución de las iglesias por la superstición popular en los menos cultos.” (Rama, 1964)
[4] “En 1919 se estableció por ley el cambio de denominación oficial de algunos días festivos, como el 25 de diciembre ‘Navidad’ por ‘Día de la familia’, el 6 de enero ‘Dia de Reyes’ por ‘Día de los niños’, o ‘Semana Santa’ Por ‘Semana de Turismo’… así localidades como ‘San Vicente de Castillos’ pasó a llamarse ‘Castillos’, ‘Santa Isabel’ cambió a ‘Paso de los Toros’, ‘Santa Rosa del Cuareim’ cambió a ‘Bella Unión’, ‘Santo Tomás de Aquino’ pasó a llamarse ‘Francisco Soca’, entre otros.” (Da Costa, 2003: 59)
[5] Recordemos que no sólo se trata de un problema a nivel económico sino que también encontramos un clima político dónde corrientes ideológicas (el estado y los movimientos de izquierda revolucionarios) se enfrentan de forma cada vez más violenta.
[6] La misa ya no sería más en latín y de espaldas a la gente por ejemplo. Esto fue uno de los cambios que generó ciertas disidencias. El ejemplo más conocido es el de LeFevre quien, en 1977, anuncia su desobediencia ante estas disposiciones, fundando el movimiento de los lefevristas.
[7] Con excepción de la “Carta Pastoral Misión de la Iglesia”, sometida a varias revisiones por parte del gobierno de facto. (Dabezies. En Gaymonat, 2004)
[8] Entre ellos figura el entonces senador y actualmente ex-presidente Jorge Batlle quien señalaba la importancia de abandonar ese sentimiento de laicidad negador de lo espiritual, y para así promulgar un “laicismo positivo” que respete y tome en cuenta la importancia de lo religioso en la vida de los seres humanos.
[9] Geymonat distingue entre un “protestantismo étnico” o de inmigración, conformadas por grupos de inmigrantes cuyo objetivo religioso se centraría sobre la preservación de su identidad (estructura social replegada en sí misma, caso de los valdenses por ejemplo), y un “protestantismo misionero” o de evangelización, que predicaría en la búsqueda de nuevos fieles (estructura expansionista, caso de los metodistas) (Geymonat. En Geymonat, 2004: 103.)
[10] “También el siglo XX trajo consigo un nuevo acontecimiento religioso: la llegada de más en más numerosa, especialmente desde la década del 20 de los inmigrantes judíos. Desde la Primera Guerra Mundial arriban dos corrientes migratorias: la Ashkenazi (de Europa Oriental) y la Sefaradí (la de los descendientes de los judíos expulsados de España en 1492, época del descubrimiento de América. Ambas corrientes comenzaron a organizarse en la década del 30 y se aglutinaron en la Comunidad Israelita del Uruguay. En la misma época y fruto del ascenso del antisemitismo, afluyen los judíos alemanes que fundan en 1936 la nueva Congregación Israelita. A estas tres comunidades puede agregarse una cuarta que es la de los Judíos Húngaros.” (Tricánico, 2002: 86)
[11] “El pentecostalismo ha tenido un agresivo desarrollo en el país desde los comienzos de la segunda década del siglo, pero mostrando un crecimiento enorme partir de los años 70. Siempre ha enfrentado los cultos de origen africano y la umbanda, valorando las entidades invocadas en sus ceremoniales como manifestaciones diabólicas y por lo tanto nocivas para las personas. Sus promotores llevan a cabo una acción proselitista muy activa que utiliza por lo común los modernos medios de comunicación masiva y en particular la radio.” (Pi Hugarte. En Frigerio, 1993: 106)
[12] Actualmente el programa televisivo “Pare de sufrir” de la Iglesia Universal del Reino de Dios, es emitido en el cierre de dos de los canales nacionales más importantes de la televisión abierta (canal 10 y 12). Se emiten también diversos programas de este tipo en la radio. Lo importante es la estructura participativa de los mismos, donde el consumidor uruguayo en cuestión llama al programa en busca de la solución de un problema, muchas veces se trata de un grave problema (HIV, cáncer, etc.) y el pastor intenta establecer una conexión de su oferta con dicha demanda (venta de su producto).
[13] Por ejemplo la Iglesia Universal del Reino de Dios, donde “encuentra un lugar privilegiado la consigna reiterada hasta el cansancio: ‘Pare de sufrir’. En él –y fuera de él- vuelve a transformarse y relocalizarse la vieja disputa entre el bien y el mal. Antiguos dioses se vuelven ahora entidades malignas: sea Alá en algunas partes de Africa, sean entidades del panteón afro- brasileño (ya diseminado en los países del Plata), sean, en fin, el conjunto de creencias polimórficas que se encuentren en el lugar geográfico al cual arribe la IURD.” (Guigou; Rovitto. En Geymonat, 2004: 133) Sería entonces para los autores, una narrativa muy flexible que se articularía de forma negativa (desnarratizante) con las diversas creencias locales, todo esto acompañado de un modelo empresarial que la sustenta administrativa y económicamente.
[14] La religión popular es comúnmente asociada a características como el pragmatismo mediante prácticas “mágicas”, la utilización de diversas imágenes (santos, vírgenes, bodhisattvas, orishás, etc.) en sustitución de un dios abstracto difícil de concretizar en lo cotidiano (transformación en dii otiosi según M. Eliade), relativa independencia con las religiones “oficiales” o de “elite” a favor de las necesidades o bien una demanda de atención popular, entre otras.
[15] “Es conveniente señalar que por cultos de posesión se entiende aquí a la Umbanda – en las dos modalidades presentes en Uruguay: la Blanca y la Cruzada- a la Quimbanda, al Batuque y al Candomblé, aunque éste tiene, lógicamente, una presencia mucho menor. Los fieles –más allá de los orígenes, contenidos míticos y expresiones ceremoniales diferentes- no los perciben en la realidad cotidiana como religiones separadas sino únicamente como rituales distintivos de un mismo culto, los que son utilizados en función de las circunstancias que los requieran; en consecuencia, a todo el compuesto de creencias y prácticas se le denomina por parte de los creyentes, de manera genérica y comprensiva, la religión” (Pi Hugarte, 1998: 25)
[16] Nos resultaría interesante, aunque excedería las posibilidades de nuestro trabajo, un análisis comparativo de este fenómeno con las prácticas meditativas budistas. “Desde el punto de vista fisiológico -el fenómeno del trance debiera investigarse en relación de contraste o similitud con los procesos de meditación en las religiones orientales, en especial Budismo Zen y modalidades Yoga- lo que tal vez arrojaría luz sobre las consecuencias del mismo en el metabolismo, la respiración, y la resistencia de la piel.” (Porzecanski. En: Gaymonat, 2004: 93) Quizás podría llevarse a cabo el proyecto de un estudio antropológico (que ya Marcel Mauss reivindicaba en su época) de las técnicas corporales y su influencia en el sistema nervioso y endócrino. En el caso de los tibetanos existen prácticas específicas de calentamiento corporal (Tummo en tibetano), así como una gran cantidad de prácticas “energéticas” que aún no han sido estudiadas de forma apropiada.
[17] “A principios del mes de junio del año 2001, y a iniciativa de IFAC (Federación Afroumbandista de Uruguay) se solicitó al sr. Ministro del Interior, Esc. Guillermo Stirling, la destrucción de los archivos donde se registraban los locales de culto. El secretario de estado accedió a lo solicitado por los dirigentes de Umbanda y se procedió a la destrucción de los mismos.” (Tricánico, 2002: 99) Por otro lado tenemos lo concerniente a la privación de la vida de un animal de forma injustificada, dónde los umbandistas han sido atacados por la utilización de sacrificios de aves y cabritos en Argentina. “Con todo, seguramente por el temor de que en este país se produjeran similares reacciones de parte de las sociedades protectoras de animales, un pai ha llegado a declarar que en la religión no se sacrifican sino que se ‘faenan’ animales para ser comidos, asimilando esas acciones a la inmolación por desangrado que se practica por razones de pureza ritual en el judaísmo con los animales destinados a la mesa.” (Pi Hugarte, 1998: 55)
[18] “El hatha- yoga conoce diversas posiciones corporales y ejercicios de purificación. Actualmente su objetivo principal es la salud del cuerpo. Cuando en occidente se habla de Yoga, se trata casi exclusivamente de este hatha- yoga, del cual existen numerosas escuelas y maestros; y no ha de confundirse con el Yoga tradicional, que procura la Liberación y la unión con Dios.” (Schuhmacher, 1993: 129)
[19] Las estadísticas presentadas por Da Costa en su tesis de doctorado dan par el 2001 un 19, 3 por ciento de no creyentes en un más allá, un 19,0 creyentes en un encuentro con dios, un 14,5 creyentes en un resucitar para la vida eterna, un 13, 3 en la reencarnación en otra vida y un 30,0 que manifiesta ignorancia al respecto. También toma dos encuestas más; una realizada en 1964 por el Centro de Estudios Cristianos y una en 1994 por la Universidad Católica, CLAEH (Centro Latinoamericano de Economía Humana) y Observatorio del Sur (OBSUR). “El trabajo del año 1994 da cuenta de la situación incorporando la posibilidad de la ‘reencarnación’, probablemente no presente 30 años atrás en el seno de la sociedad uruguaya pero presente en ese momento, ligada fundamentalmente a la llegada de propuestas religiosas desde oriente, ya fuera por presencia física en Uruguay o por acceso a ellas a través de los medios de comunicación social.” (Da Costa, 2003: 110)
[20] “Así encontramos que un 14º/º de quienes se definen como religiosos afirma que después de la muerte no hay nada. Sucede lo mismo con el 15º/º de quienes afirman creer en Dios, el 15º/ºde los católicos y el 13º/º de los cristianos evangélicos. Como contraparte un 11 º/º de quienes se dicen ateos convencidos afirman que después de la muerte hay algo, esto es, que se resucita para la vida eterna pero fundamentalmente que el alma se reencarna en otra vida, sucede lo mismo para un 14º/º de quienes afirman no creer en Dios.” Más arriba Da Costa explica: “Este es un tema que nos pone ante la evidencia de la no linealidad de las creencias y que quiebra una cierta percepción colectiva, como sociedad, que imagina que creer en Dios, pertenecer a una iglesia, rezar, y creer en que hay algo más allá de la muerte son características que se dan en forma conjunta y que de no ser así se tiende a pensar en ’incoherencias’” (Da Costa, 2003: 154)

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El artículo es un extracto de:


Apud, Ismael (2005) Estudio antropológico de un grupo budista en Uruguay. Tesis de licenciatura, inédita.
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Bibliografía:

BERGER, Peter (1999) El dosel sagrado. Kairos, Barcelona.
DA COSTA, Néstor (2003) Religión y sociedad en el Uruguay del siglo XXI.
CLAEH, CUM, Montevideo.
DERRIDA, J.; (1997) La religión. Ediciones de la Flor. Buenos Aires.
VATTIMO, G (Eds.).
DURKHEIM, E (1993) Las formas elementales de la vida religiosa. Alianza
Editorial, Madrid.
GEYMONAT, R. (Ed.) (2004) Las religiones en el Uruguay. Ediciones La Gotera,
Montevideo.

PI HUGARTE, Renzo (Ed.) (1998) Los cultos de posesión en Uruguay. Ediciones de la Banda
Oriental, Montevideo.

RIGERIO (Ed.) (1993) Ciencias sociales y religión en el cono sur. Centro Editor de
América Latina, Buenos Aires.
RAMA, Carlos (1964) La religión en el Uruguay. Ediciones Nuestro Tiempo,
Montevideo.
SCHUMACHER, S. (Ed.) (1993) Diccionario de la sabiduría oriental. Ed. Paidós,
Barcelona.
TRICANICO, Santiago (2002) Religión: la salvación inesperada. Exxito Ltda.,
Montevideo.