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miércoles, 28 de abril de 2010

Stephen Jay Gould y el problema de las estadísticas




La media no es el mensaje

En su artículo “La media no es el mensaje” Stephen Jay Gould, biólogo especializado en paleontología y conocido divulgador científico, nos transmite a través de su experiencia personal contra el cancer, algunas cuestiones básicas a la hora de interpretar estadísticas. En los años 80 le fue diagnosticado un cancer no muy común, denominado mesotelioma abdominal, una enfermedad muy agresiva y de muy mal pronóstico. Gould cuenta el momento en el que se entera de la noticia y cómo rápidamente comienza a indagar sobre la enfermedad para poder afrontar su futuro destino.

Uno de los primeros datos estadísticos que encuentra es que la vida media de los enfermos es de ocho meses. Ahora bien, para un lego la opinión común sería pensar que le quedan ocho meses de vida; pero Gould, al ser un científico familiarizado con el manejo de herramientas estadísticas, sabía que la media por si misma no era suficiente para analizar su caso individual, sino que era un dato más, que indica una propiedad de la población y no del individuo. En términos de Samaja todo tratamiento estadístico implica el paso de un cierto nivel de análisis a su contexto, haciendo que éste contexto se transforme en la nueva unidad de análisis, desplazándonos de un nivel a otro superior. El valor promedio no nos dice nada de lo esperable en un caso particular. De allí que Gould use –siendo conciente o no de ello- la media como valor contextual de la unidad de análisis de la matriz central, para la interpretación del caso que le atañe, y que no es otro que él mismo, como sujeto que padece una enfermedad particular.

Tomando entonces la media como un dato contextual y no del individuo, Gould comienza a analizar otras variables y atributos implicados en su problema. Comienza a descubrir que son de buen pronóstico determinadas cualidades individuales, tales como la respuesta activa al tratamiento, la actitud positiva y de lucha, todas cualidades que bien pueden atribuirse a su persona. Por otro lado en la curva estadística gran parte de los casos estaban apretujados entre los 0 y 8 meses en tanto a la derecha se extiendían por años. Por lo que si su caso se situaba en aquellos valores, su esperanza de vida se acrecentaba considerablemente. Y efectivamente, Gould poseía todas las características de aquellos individuos con más alta probabilidad para una vida más larga: era joven, la enfermedad le había sido diagnosticada tempranamente, iba a recibir uno de los mejores tratamientos. A su vez, y tomando en cuenta que la curva en cuestión es producto de una población acotada en un tiempo y un espacio, si las circunstancias cambiaban la distribución iba a cambiar, ya que toda muestra es el producto de una extracción dentro de una población en un tiempo y lugar determinado. De hecho y como final feliz de esta historia, el tratamiento experimental al que Gould se sometió formaría parte de ese cambio de circunstancias, lo que concluyó posteriormente en su recuperación, viviendo veinte años más. Gould murió en el 2002 de un cancer cerebral sin relación alguna con el mesotelioma abdominal que padeció durante principios de los 80.


Contra la herencia platónica

Rompiendo con lo que Gould denomina una “herencia platonica” de buscar lo esencial e inmutable, y entendiendo “…las medias y las medianas como ‘realidades’ duras, y la variación que permite su cálculo como un conjunto de mediciones transitorias e imperfectas de una esencia oculta”, Gould pasa al análisis de su caso en relación a su ubicación dentro de esas variaciones, dado que “la variación es la dura realidad y no un conjunto de medidas imperfectas de una tendencia central. Medias y medianas son las abstracciones”.

Si bien es un planteo interesante, en última instancia podríamos criticar su distinción entre la variación como “realidad” y las medias y medianas como “abstracciones”. Se trataría de una dicotomia tan falsa como la platónica, pero en forma invertida. Tanto la variabilidad como las tendencias centrales son abstracciones, asi como también son reales, en el sentido que ambas son realidades, en tanto toda realidad está compuesta por datos, y éstos datos son el resultado de un producto realizado a través de procedimientos operacionales, de esquemas de asimilación, de una dialéctica entre lo conceptual y lo empírico que nos permite modelar, conocer y actuar sobre la realidad. Desde un punto de vista genético-constructivo lo empírico y lo abstracto serían momentos interrelacionados en el proceso cognitivo, y sólo pueden ser disociados si los escindimos de su devenir histórico o procesual y caemos en lo que Hegel denominaba “caída en la inmediatez”.

El problema entonces no sería cuál es abstracto y cual es real, sino cuál es la metodología, cuál es el proceso y el diseño, cuál es la dialéctica entre nuestras ideas y el campo empírico al que apuntan las mismas: cómo conceptualizamos, cómo operacionalizamos, cómo “medimos”, cómo interpretamos. Todas éstas diferencias se relacionan con la cuestión general del método, sea científico, de la tenacidad, de la autoridad o de la metafísica, al decir de Peirce. Entendiendo el problema de esta manera, nuestra perspectiva escapa de una posible “ingenuidad cuantitativa”, así como a la crítica extrema que han sufrido las estadísticas y las técnicas cuantitativas por parte de ciertos defensores del método cualitativo (1).


El sujeto no es sólo el individuo

Más allá de estas disquisiciones metodológicas y epistemológicas, en el caso que nos trae Gould podemos diferenciar dos sujetos, cuya discriminación resulta de suma importancia a la hora de interpretar los datos. Por un lado el sujeto individual (en este caso el mismo S. J. Gould como caso de estudio), por otro la población en tanto sujeto, con sus respectivos atributos. Siguiendo a Samaja, tanto el sujeto individual como la población son una totalidad compuesta; cada uno de ellos es un conglomerado de elementos que se disponen en un conjunto ordenado, configurando un nivel superior como un todo, que se estabiliza y adquiere patrones propios de acción y relaciones con otros todos para luego configurar una totalidad de orden superior, una nueva entidad irreductible a sus partes. Se trata entonces de totalidades compuestas por partes, sobre las que se ejerce un trabajo normalizador; este pasaje en el que una sustancia pasa a formar parte de otra sustancia, Hegel lo denominaba “aufhebung” y consiste en tres movimientos: supresión (de su autonomía), conservación (de su fundamento entitativo) y superación (en una sustancia superior).

Existirían entonces muchos tipos de sujetos: el individuo orgánico, la comunidad, el estado, la sociedad civil. Todos ellos son sujetos genuinos en tanto ninguno es poseedor de una ontología original o una genuina sustancia (2), sino que todos están compuestos por relaciones e interacciones, y todos son comunidades en relativa dependencia (3). Según Samaja la distinción entre colectivos e individuos es arbitraria, pues todo colectivo puede ser concebido como un individuo y viceversa. Samaja propone sustituir la relación colectivo-individuo por la dialéctica sistema-suprasistema-subsistema.


Mentiras estadísticas

Comprender donde está ubicado determinado dato –y hablamos no sólo de la media sino de cualquier dato en particular- es esencial a la hora de interpretarlo y de sintetizarlo o vivificarlo en el conjunto de datos y conceptos que reconstruirán el objeto de estudio. Y dado que el tratamiento y análisis de datos involucra siempre una compleja serie de operaciones, el reduccionismo siempre es proclive de ser usado retóricamente, para causar efectos persuasivos en determinados ámbitos de comunicación.

Como nos dice Gould, un político en el poder puede jactarse de que el promedio de ingresos el último año es considerablemente alto, mientras que el político opositor le recrimina –mediana de por medio- que sin embargo la mitad de la población tiene ingresos muy bajos. Creemos el problema de las “mentiras estadísticas” de Mark Twain no es un problema de la técnica en cuanto tal, ya que si se toman los recaudos metodológicos respectivos, muestran ser herramientas muy útiles y se pueden reducir los sesgos considerablemente.

Se trata más que nada del problema de su uso bajo determinados intereses y formas retóricas que intentan beneficiarse de determinado capital político o económico, a través del uso de un saber legitimado que se expone como científico, pero en una forma reduccionista, a través de clichés como “se ha demostrado que…” (por ejemplo, cuando una enfermedad mental resulta ser “nada más que” un desbalance entre neurotransmisores), o de relaciones causales sencillas (por ejemplo, entre el promedio de ingresos y la calidad de vida). Como decía Bertrand Russell, mientras el hombre de ciencia con el tiempo ha abandonado progresivamente las certezas absolutas, es el hombre de la calle quien comienza a abrigarlas, pensando en ellas como el producto característico del saber científico (4). Y este tipo de situación permite entonces la manipulación de la opinión pública a través de certezas dictaminadas como “dogmas cientificos”. De esta manera comienzan a disfrazarse muchas creencias bajo los ropajes de la ciencia, desde el uso retórico de estadísticas, hasta saberes ligados a la religión (tómese como ejemplo las prácticas asociadas al “new age”, el yoga, los chacras, el reiki, etc, que utilizan la formula “está demostrado científicamente”, para muchas de sus creencias).


Notas

(1) Con la pérdida de la hegemonía de la “concepción heredada” (basada en el neopositivismo vienés y en la sociología cuantitativa), y la popularización de los métodos “interpretativos”, comienzan en la década de los 60’ a ser criticados los métodos estadísticos, considerados como meras abstracciones que “cosifican al ser humano”, dedicados a la medición, y a problemas del orden del mercado y del capital, y distanciados de la experiencia interna del ser humano mediante una falsa objetividad. Los cualitativos eran a su vez acusados de no científicos y de carecer de una metodología confiable. Actualmente muchos autores creen que la división entre ambos métodos es banal, incorrecta, ambigua, retórica; en suma, que no es adecuada y debería abandonarse. La validez y compatibilidad de ambos métodos parece ser bastante aceptada, principalmente con la llegada del “argumento técnico”, que concibe la utilización y combinación de distintos métodos y técnicas, de acuerdo a las necesidades de cada investigación en particular.
(2) “No aceptar este tratamiento igualitario importa crear un problema insoluble, a saber: ¿cuál es el individuo que tiene el exclusivo privilegio de ser considerado ‘genuino sujeto”, “genuina sustancia”: ¿los metazoarios? ¿los protozoarios?, ¿las moléculas?, ¿los átomos? ¿las partículas subatómicas?... ¿y en que nivel nos detenemos? Frente a esta aporía que crea la pregunta por LA SUSTANCIA GENUINA, surge la antítesis relativista que levanta como bandera el antisubstancialismo, es decir, el puro relativismo: no hay sustancias, sólo hay relaciones o interacciones entre (pseudo) términos relativos. En la realidad no hay autonomías: sólo hay mutuas dependencias” (Samaja, J. Los Caminos del Conocimiento. En: Semiótica de la Ciencia, Inédito. 2003:27)
(3) “Entre las sustancias del universo no hay, entonces, ni completa inherencia (pura unidad o pura discontinuidad), no completa dependencia (pura multiplicidad o pura continuidad). Hay comunicación, porque el universo está compuesto de comunidades, es decir, de sustancias relativas y de relativas dependencias. De discontinuidades y continuidades. Algo es sujeto, en una cierta relación. En otra relación es atributo. Algo es sustancia en cierta relación. En otra relación es accidente” (ibid., 28)
(4) “Es un hecho curioso que cuando justamente el hombre de la calle ha comenzado a creer del todo en la ciencia, el hombre de laboratorio ha comenzado a perder su fe en ella. Cuando yo era joven, la mayoría de los físicos no abrigaban la menor duda de que las leyes de la física nos proporcionan una información real sobre los movimientos de los cuerpos, y de que el mundo físico se compone realmente de las clases de entidades que aparecen en las ecuaciones de la física. Bien es verdad que los filósofos pusieron en duda esta opinión desde los tiempos de Berkeley; pero como su crítica no se aplicó nunca a ningún punto concreto en el campo de la ciencia, pudo ser ignorada por los científicos, y de hecho fue ignorada. Hoy día, el asunto es muy diferente: las ideas revolucionarias de la filosofía de la física han venido de los propios físicos y son el producto de experimentos cuidadosos. La nueva filosofía de la física es humilde y balbuciente, mientras que la antigua filosofía era orgullosa y dictatorial” (Russell, B. El panorama de la ciencia. Editorial Ercilla S. A., Santiago de Chile. 1988:35).









lunes, 30 de noviembre de 2009

Ciencia, analogía y psicofármacos


Existía en Atenas, así como en muchas ciudades griegas, un ritual anual en el que se purificaba a la comunidad de las faltas acumuladas. El ritual se llamaba pharmakos, y era realizado a través del pharmakoi o “chivo emisario”, persona en la que se depositaban el conjunto de calamidades y aspectos negativos de la comunidad; receptáculo a través del cuál se expulsaban míticamente los fenómenos disruptivos y caóticos. Los dos pharmakoi elegidos eran paseados por toda la ciudad, con un collar de higos en su cuello. Se les golpeaba con cebollas y otras plantas y luego se les expulsaba; también podían ser en algunos casos incinerados o lapidados. Se les elegía de entre aquel conjuntos de seres extraños y desviados de los cánones sociales: ladrones, deformes, borrachos, inmorales. De esta manera se purificaba (katharsis) a la ciudad de aquel desorden que la aquejaba. El pharmakoi era entonces un individuo peligroso, en tanto era aquel que llevaba consigo la macula de la falta, las impurezas tan temidas, engendradoras de caos y trastocadoras del orden de la polis. Pero, por otro lado, era a su vez posibilidad de curación, de purificación; era el mecanismo social por la cuál la sociedad se curaba así misma.

Dicha relación es posteriormente trasladada por analogía desde el campo de los seres humanos como sujetos –el pharmakoi como “chivo emisario”- al campo de los objetos medicinales. Esto implica que determinadas sustancias poseen la ambivalente propiedad de ser tanto cura como veneno. Surge entonces a través de figuras como Hipócrates la noción de fármaco en forma desantropomorfizada, y sus propiedades malignas o benignas requerirán entonces no una manipulación cualitativa (ritual, simbólica) sino cuantitativa (del orden de la cantidad, de la administración de la dosis). Pasamos entonces de un registro religioso, tradicional, relativo a símbolos y sujetos, a uno científico, experimental, relativo a relaciones causales y objetos.


Hagamos un salto en el tiempo bastante largo. A fines del siglo XIX se sintetizan los compuestos fenotiazínicos, utilizados como tintes sintéticos. En los años treinta comienzan a utilizarse como insecticida, afectando la enzima acetilcolinesterasa, blanco por excelencia de los gases nerviosos, que producen contracciones musculares a nivel general. Se trata de un veneno, sumamente útil para pequeños animales. A fines de los 30 algunos científicos comienzan a utilizar un derivado fenotiazínico como antihistamínico y sedativo, la prometazina. Se trata entonces de un fármaco en el sentido que dimos anteriormente, en tanto posee utilidades medicinales y es a su vez un potente veneno, de acuerdo a una relación cuantitativa entre la dosis de sustancia, y el tamaño corporal del ser vivo que se expone a ella.

Sin embargo estos compuestos no resultaban efectivos en el tratamiento de los pacientes psiquiátricos. En la búsqueda de nuevos compuestos útiles se sintetiza en los años 50 la clorpromazina, cuyas propiedades neurolépticas, la diferenciarían de las propiedades hipnóticas y anestésicas de sus familiares anteriores. En 1952 Delay y Deniker comienzan a utilizarla en el tratamiento de las psicosis. A fines de la década de los 50 Janssen sintetiza el haloperidol, y en los años 60 Carlsson y Lindquist descubren su relación con la dopamina. Estos serían los comienzos de la psicofarmacología moderna: a partir del descubrimiento de la clorpromazina, y luego de su asociación con la dopamina como neurotransmisor (más específicamente con el bloqueo de los receptores dopaminérgicos D2), se desencadenan una oleada de investigaciones que llevan al desarrollo de la psicofarmacología como campo interdisciplinario, así como a toda una industria farmacéutica de producción en masa en torno a ella.


Cuando se comienza a utilizar la clorpromazina en pacientes se observan distintos efectos, algunos similares a los del Parkinson; efectos nocivos que se llegan a postular como prueba de su utilidad. Se postula en ese entonces que la manifestación de estos síntomas serian consecuencia de la efectividad del tratamiento. O sea, lo que vemos aquí nuevamente es la noción del fármaco como veneno y cura. ¿Cómo podría curar el neuroléptico si no causara algún tipo de efecto dañino, doloroso, del orden del envenenamiento? La cura es un envenenamiento leve, una especie de quimioterapia cerebral.

Ahora bien. ¿Puede darse el caso en el que la analogía introduzca en su pasaje de un registro a otro ciertos valores, haciendo que determinadas concepciones del orden de la significación se naturalicen y pasen a formar parte del orden de las cosas? En el ejemplo de las enfermedades mentales vemos claramente la cosificación de determinados valores sociales; desde sus inicios la psiquiatría naturalizó las desviaciones de conductas –hábitos alimenticios, sexuales, comportamientos inadecuados- así como creencias –supersticiones y fenómenos antes adjudicados al animismo-, categorizando las mismas bajo el rótulo de “enfermedades”. Este movimiento analógico que va desde la enfermedad física, a la concepción de enfermedad mental como causa de un trastorno del orden de lo orgánico, produce nuevos dispositivos asistenciales para las desviaciones sociales, que muchos autores han alineado en continuidad con las anteriores prácticas medievales, anteriores a Pinel y su “liberación de los locos”. Por ejemplo Foucault analiza el pasaje de una sociedad del castigo a una del disciplinamiento y como al fin y al cabo ambos son sistemas en los que se ejerce una violencia institucional contra las desviaciones y anormalidades; Zsasz hablará del mito de la enfermedad mental y como bajo esta metáfora se pretenden naturalizar problemas sociales; Cooper hablará de la cosificación de las personas y de los entornos esquizofrenizantes.

El concebir la locura como enfermedad tuvo como positivo la naturalización de una gran cantidad de problemas, permitiendo su análisis y la búsqueda de nuevas soluciones. Pero, por otro lado, tuvo una gran consecuencia negativa, la naturalización de problemas del orden ético y cultural, de valores en torno a las nociones de normalidad y anormalidad, al dar un estatuto ontológico real, sustancial y objetivo, a cuestiones íntimamente involucradas con el orden de lo simbólico y subjetivo. Podríamos decir que el movimiento analógico en este caso particular arrastra consigo algunos inconvenientes, al transformar una ley de la tradición en una ley de la naturaleza, más allá de las posibilidades que abre en torno a cuestiones relativas al cerebro como órgano.

Vimos entonces como determinadas creencias mitológicas tradicionales sirven de modelo o estructura en la génesis de la noción de “fármaco” como sustancia que cura y a la vez puede matar. Aquí juega un papel esencial la analogía, como mecanismo mental esencial en el tan relegado “contexto de descubrimiento”. Recordemos como Popper consideraba este contexto como irracional, concerniente a una especie de intuición creadora bergsoniana, siendo el contexto de justificación el único abordable desde el punto de vista lógico y epistemológico. En el caso de Peirce el terreno de descubrimiento se relaciona con la abducción aunque, al no asociarse en forma explícita a la noción de analogía, termina relegando el mismo a una suerte de adivinación intuitiva. Lo que Juan Samaja sostiene es que la novedad surge cuando introducimos la analogía como aquella operación inferencial que permite crear nuevos modelos cognitivos, en nuestro caso el del fármaco como sustancia y el de la locura como enfermedad mental. A través de nuestro análisis del traslado por medio de la analogía de ambos modelos, vimos cómo la ciencia no está completamente aislada de otros tipos de saberes, sino que existen préstamos y comunicación entre distintos “métodos de fijación de creencias”.

La división y discontinuidad entre distintos tipos de saberes ha sido un rasgo frecuente en la historia occidental. Los griegos por ejemplo distinguían entre el saber popular o doxa -que carecía de verdadero valor- y el saber legitimado y verdadero, la episteme. Los saberes artesanales o tekhné, sufrieron siempre una ambivalencia valorativa, en tanto eran por un lado considerados inferiores en relación a la actividad contemplativa (caso de Platón), pero a su vez necesarios para las actividades diarias, así como para el embellecimiento de la polis.

La ciencia moderna produce a nivel “ideológico” una nueva relación de discontinuidad entre el sentido común y el saber. Un ejemplo claro es el Sol, que deja de ser quien se mueve en el cielo alrededor de la tierra (hipótesis más plausible desde la experiencia del día a día), para ser la tierra quien se mueve alrededor de éste. Desde el punto de vista demarcatorio surge entonces la noción de una brecha irreconciliable entre el conocimiento cotidiano de la tradición y el de la ciencia. El primero, basado en la autoridad y en el respeto por la tradición, las costumbres y los mitos, sería el opuesto a la fundamentación crítica, el escepticismo metodológico, la formulación de hipótesis lógicas y su contrastabilidad por parte de la comunidad de científicos .

Esta brecha metodológica es una de las cuestiones que aborda Charles Peirce, buscando justamente abordar el modo en que se articulan los distintos tipos de saberes y el valor o función que tiene cada uno de ellos para la vida. Sin extendernos demasiado en la cuestión, diremos que Peirce, y luego Samaja siguiendo al mismo, formula cuatro tipo de métodos para la fijación de las creencias:

1- el de la tenacidad: propio de la “intuición bergsoniana” o del instinto[1],

2- el de la autoridad, relativo a la vida en comunidad, y que Peirce relaciona con el Estado, en tanto Samaja relaciona con la tradición. Aquí ya están implicadas las relaciones intersubjetivas, así como la ley como terceridad que pauta en las relaciones y conflictos interpersonales.

3- el de la metafísica, que Samaja relaciona al Estado, pues sus leyes, a diferencia de las de la tradición, provienen del examen reflexivo y del debate público[2].

4- el de la ciencia, que Samaja relaciona con la Sociedad Civil. En este método de fijación de creencias, éstas últimas serían objeto público de debate, e involucran una instancia externa a todo sujeto, trascendiendo el logocentrismo del método metafísico, y utilizando el control empírico como pilar metodológico y la realidad como algo independiente a los designios humanos.

Los cuatro métodos no serían compartimentos estancos o escalones independientes el uno del otro, sino que, en su epigénesis y desarrollo, el surgimiento de un nuevo método se apoya y estructura en la base del anterior, para de esa forma superarlo pero sin anularlo completamente, sino integrándolo de manera orgánica. En nuestro caso vimos como la noción de fármaco, se apoya y modeliza en torno a saberes anteriores de corte mitológico tradicional. Desde una concepción positivista de la ciencia, dichos saberes serían una superstición inútil y falsa, estableciéndose una brecha irreconciliable entre ciencia y religión. Pero, desde una perspectiva constructivista o dialéctica, dicho saber es apropiado por la ciencia y reconceptualizado, a través de nuevas metodologías y concepciones.

Peirce analiza la ciencia desde una perspectiva pragmática, que no concibe el conocimiento como algo abstracto y relativo a una verdad ahistórica, sino que busca situar la producción del mismo en su propia inmanencia, en su propio devenir histórico y social. En nuestro caso en particular vimos como determinadas nociones vinculadas a lo mítico y ritual, sirven como “materia prima” para una posterior elaboración conceptual científica de la noción de “fármaco”, que termina siendo fundamental en la historia de la medicina. La ciencia toma el modelo de las formas tradicionales; y si bien éstas siguen presentes en sus bases, lo hacen de una forma distinta, subordinada al método científico. Vemos la utilidad de la noción de fármaco, pero también veremos una gran cantidad de inconvenientes, principalmente en el terreno de la psicofarmacología.

El caso del traslado del modelo de enfermedad clásico a la concepción de la locura, sería algo así como un movimiento inverso; el modelo médico y científico se traslada al campo social, biologizándose problemas que exceden el campo de lo “natural”, dada la importancia de la cultura y los valores en la evaluación de las conductas, hábitos, afectos y pensamientos de los seres humanos. No decimos que dicha extrapolación no tenga utilidad alguna, sino que merece una revisión sistemática y puntual, dada la heterogeneidad de fenómenos que se agrupan en su campo, así como la multifactorialidad en la que se encuentra inmersa, y los problemas éticos a los que se enfrenta a la hora de justificar su relevancia social.


[1] Aunque quizás sería preferible decir, siguiendo a Freud, de la pulsión (trieb), en tanto el instinto (instinkt) sería una pauta fija sin mucho grado de plasticidad, y la pulsión sería ese monto de energía psíquica relativa al cuerpo y sus funciones, que puede modificarse por medio de la experiencia, tanto de forma cuantitativa (intensidad) como cualitativa (relación objetual).

[2] Por nuestra parte creemos que Samaja al nombrar estas características indiscrimina el estado de las polis griegas, con la noción de Estado en su concepción más amplia.

jueves, 19 de marzo de 2009

Método, técnica y metodología


El término método es polisémico. Su etimología griega met- se podría traducir como “más allá”, que en combinación con odos=camino podría significar también “con”. Por lo que sería algo así como “camino con [el cuál]”. En su visión clásica, Descartes y Bacon, desde distintas posturas filosóficas, lo definen como un conjunto de reglas que cualquiera puede seguir para llegar al conocimiento verdadero. Dicho conjunto de reglas asume con el correr del tiempo connotaciones “pitagórico-platónicas”, en tanto serie de pasos inalterable que garantizan definitivamente el conocimiento científico. De todas maneras y a lo largo de la historia ha sido muy difícil precisar y concensuar dicha serie de pasos, tanto en ciencias sociales como en el ámbito positivista más duro. Pues al final de cuentas el método no es una serie inalterable de pasos, sino que implica un conjunto de elecciones y decisiones a tomar, con cierto grado de creatividad e incertidumbre. Es una estrategia general que pone en juego instrumentos conceptuales y operativos para abordar todos los niveles problemáticos posibles de un problema, por lo que requiere flexibilidad, reflexión y creatividad. Nos encontramos entonces con lo que Marcello Pera describe como la “Paradoja del método”: “La ciencia se caracteriza por su método, pero una caracterización precisa del método destruye la ciencia”.



El concepto de técnica tiene sus orígenes etimológicos en el concepto de techné, que para los griegos cubría un campo muy extenso de actividades como la escultura o carpintería. Se relacionaba con el oficio del artesano (de ahí el término latino de ars), así como su transmisión de padre a hijo. En suma, podemos decir que refiere a un “saber hacer” especializado, reglado y transmitido por determinado colectivo, si tomamos definiciones antropológicas amplias, como las del sociólogo italiano Gallino. En la práctica científica el término refiere al conjunto de procedimientos adquiridos por la ciencia para modificar o conocer algún aspecto de la realidad. Son procedimientos fuertemente estructurados, que adquieren una fuerte cuota de impersonalidad, en el sentido de que su aplicación está escasamente condicionada por las decisiones personales del investigador.

El sufijo logia implica un “estudio de”; la metodología sería la acción reflexiva que lleva a cabo el investigador para seleccionar un conjunto de métodos y técnicas que se adecúe mejor a los objetivos cognitivos propuestos. En tradiciones como la norteamericana, se acostumbra a usar methodology como sinónimo de técnica, olvidando la importancia de las decisiones metodológicas en el proceso de investigación. Este uso semántico es consecuencia de la fuerte tradición positivista estadounidense, cuya exigencia en torno a la objetividad ha dejado de lado la importancia del investigador en la toma de decisiones. Para que haya ciencia, debe haber investigación y no sólo aplicación tecnológica.

El investigador debe hacer metodología, en tanto su labor implica trazar el camino de la investigación de acuerdo a sus objetivos cognitivos, su objeto de estudio, el bagaje técnico con el que cuenta, el tiempo y los recursos disponibles. También debe apelar a la imaginación y buscar nuevas soluciones, nuevos caminos, modificar o crear nuevas técnicas. Es importante entonces no caer en la fetichización de las técnicas, volviéndonos irreflexivos frente a aquellos supuestos onto-gnoseo-epistemológicos que la sustentan, o bien caer en el polo opuesto, la pura reflexión teórica, sin conexión alguna con la realidad. La reflexión metodológica entonces debe construir un método adecuado, no sólo teniendo en cuenta la disponibilidad técnica, sino también problematizando el mismo conocimiento científico, haciendo de la vigilancia epistemológica -al decir de Bachelard- parte de la investigación, principalmente en las ciencias del hombre, donde la implicación del investigador es una parte fundamental del proceso.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Francois Jacob, "La lógica de lo viviente"



Francois Jacob nace en 1920, en Francia y se recibe de médico en 1950, en forma interrumpida debido a la ocupación alemana de la Segunda Guerra. Trabajó en el Instituto Pasteur y, en 1965 recibe junto a Jaques Monoud y André Lwoff el premio nobel en Fisiología o Medicina por sus descubrimientos en regulaciones enzimáticas a nivel celular. Poseriormente y siguiendo -y a la vez tomando distancia- de Monoud y su best-seller “El Azar y la necesidad” decide escribir sobre la historia de la biología.

“La lógica de lo Viviente” es un libro excelente, que nos lleva de paseo por la historia de la biología, principalmente de la herencia, y su relación con la secularización de las creencias religiosas a través del pensamiento científico. Es un libro muy interesante, pues es capaz de realizar el viaje histórico de la constitución del pensamiento científico sin la necesidad de apelar al mito emancipatorio –al decir de Lyotard-, o bien sin la necesidad de entronar al pensamiento científico, tal y como lo hizo su colega Jaques Monoud, en “Azar y necesidad”. De allí que pueda percibirse en el libro una cierta influencia Foucaultiana, que amalgamada a sus conocimientos científicos y a una importante reconstrucción histórica del pensamiento científico, nos lleva a un excelente y profundo análisis de nuestra propia concepción de la vida y el mundo.


A finales del siglo XVI los seres no se reproducían sino que eran engendrados. Dicho concepto implicaba la intervención de una fuerza divina; los seres seguían un modelo prefijado e invariable de acuerdo a la génesis del mundo. La generación de las cosas respondía al juego de semejanzas de la naturaleza; un ser vivo no tenía historia propia, sino que era parte de la cadena secreta que unía todos los objetos del mundo. A su vez, lenguaje y mundo eran una misma cosa: todo signo era natural; si bien enigmático, éste no era arbitrario. En ese mundo de piezas tejidas por las similitudes, lenguaje y signo eran inscripción divina. Si las palabras no mostraban del todo las cualidades del ser es porque su transparencia había sido destruída por castigo de Dios.

La generación podía ser por simientes o espontánea. A través del calor podían engendrarse las cosas semejantes, al igual que el alquimista producía nuevos productos a través de un horno. La perpetuación residía tanto en el liquido seminal (generación por simientes) como en la irradiación solar, que permitía aquello que se denominaba generación espontánea. La carne putrefacta en su hediondo calor producía moscas y larvas; de la materia putrefacta, del fango, de las cloacas, se generan toda clase de seres ruines, como serpientes, murciélagos o insectos. La similitudes se transmitían incluso en aquello que ahora consideraríamos “adquirido”: no sólo los accidentes anatómicos podían transmitirse de persona a persona, sino también pensamientos, imaginación y sueños. Y en este juego de semejanzas que trasciende nuestras clasificaciones, pueden entonces suceder combinaciones insólitas: animales con cabeza humana, humanos con partes animales. Los monstruos son el producto de este orden de cosas en tanto hay un fallo que se cuela en el orden natural y divino, creación contra natura cuya responsabilidad moral puede adjudicarse al libertinaje de algún alma descarriada o a alguna potencia demoníaca.

Pero con la llegada del pensamiento científico los seres se pensarán bajo el orden y la medida. El método cartesiano expresa esta nueva relación con el saber, en tanto procede por descomponer el problema en sus unidades mínimas y establecer sus relaciones mecánicas. A partir del siglo XVII se desplaza el interés de Dios al conocimiento humano. Lo importante será entonces el acto de conocimiento entre el hombre y la naturaleza, comprender su funcionamiento, hacer que el código humano se acerque lo más posible al código de la naturaleza. Dios es certeza de un no-engaño, pero no de la veracidad del conocimiento que se posee. El signo deja de ser divino y pasa a ser un acto humano; del lado de la naturaleza hay un orden, una armonía a descifrar, por lo que, a diferencia del siglo anterior, no toda combinación es posible. El gran libro de la naturaleza estaría escrito en lenguaje matemático, y el universo será, pariendo de figuras como Galileo, una gran máquina, un gran reloj, conjunto de piezas que se ensamblan como piezas mecánicas de un reloj. Por otro lado las relaciones entre los elementos dejan de vincularse directamente con similitudes y fuerzas divinas; su posibilidad es regida por leyes universales. Surge la química cuando el mundo método mecanicista de la física es incorporado al mundo de las sustancias. Para Lavoisier hay que identificar sustancias simples mediante la experimentación química, para luego investigar sus relaciones según el grado de afinidad y no un principio mágico derivado de la alquimia. Con figuras como Linneo o Buffon surge la historia natural, que tiene por objeto la clasificación de los seres vivos. Se utiliza el “caracter” como forma de nombrar propiedades comunes para su clasificación. Surge el concepto de especie, que adquiere una importancia fundamental dado que ofrece a los naturalistas un criterio apoyado en la realidad. Animales de una misma especie serán a partir de allí aquellos que en su cópula son capaces de procrear cría fértil. La especie es entonces la unidad fundamental de análisis.

Pero a medida que la observación se vuelve más minuciosa, y con la ayuda de lupas y microscopios, aquellos seres que tan fácilmente podían formarse con la combinación de unos pocos elementos, se vuelven de una gran complejidad. La simpleza de la mosca se vuelve extremamente coompleja, dada la infinidad de ojos que pueden observarse en ella. Comienzan a observarse “animálculos” en el agua y en el líquido seminal masculino. Surge la teoría de la preformación, que implica que todo ser vivo surge de algo semejante a él pero minúsculo. El germen, situado en alguna parte del líquido seminal, debe entonces ser una especie de miniatura del adulto desarrollado. Asociada a la preformación estaría la preexistencia: los gérmenes serían anteriores a toda forma de vida, en espera de ser activados. De las observaciones de la regeneración en animales amputados surge el concepto de reproducción, que Buffon generaliza en el sentido actual del término.

Es con la segunda mitad de siglo XVIII que la estructura visible de los cuerpos comienza a adquirir profundidad, y el problema de la vida comienza a abordarse desde las relaciones internas en el seno oculto de los elementos visibles. Maupertuis hablara de “partículas vivientes, y Bufón llamará “moléculas orgánicas” a los componentes constitutivos de los seres vivos, en oposición a la materia inerte. Detrás de la superficie visible de los cuerpos se abstrae una profundidad, una arquitectura compuesta por un conjunto integrado de funciones, un conjunto de órganos. La idea de órgano implica entonces no sólo la de una integración estructural en relación a otros órganos para formar un organismo, sino además una funcionalidad relativa a condiciones exteriores, a lo que Lamarck denominará “circunstancias”. Organización implicaría entonces: 1) una estructura, 2) un conjunto de funciones, y 3) un relacionamiento con un medio exterior a ella. A partir de allí los seres se dividirán definitivamente entre lo orgánico e inorgánico, de manera que, lo vivo será aquello que respira, se nutre y reproduce. Surge el término “biología”, en boca de Lamarck, Treviranus y Oken. Los seres vivos ya no pueden explicarse mediante el modelo mecánico de las ciencias físicas, sino que deben ser estudiados de acuerdo a nuevos conceptos y un lenguaje propio de una disciplina científica nueva. la fuerza de la vida ya no se podrá explicar por las propiedades de las cosas externas, ni por la de una fuerza enigmática de origen divino, sino por una capacidad interior de mantener un orden o armonía. Según Cuvier, en tanto las propiedades de la materia son eternas, las propiedades de un organismo son temporales. El vitalismo como fuerza enigmática en el interior del ser, surge como única respuesta ante este enigma oculto de la vida; la química orgánica estudia las propiedades de aquellas sustancias que son consumidas y transformadas en los procesos vitales.
Por otro lado comienza a desarrollarse la idea de una historia de los seres vivos, una transformación de los organismos con el correr del tiempo. Anteriormente los distintos seres eran formas acabadas desde el principio de los tiempos. En oposición al relato bíblico, al fijismo de Linneo, al catastrofismo de Cuvier, comienza a formularse la idea de una propiedad de transformación intrínseca a la vida. Con Lamarck comienza a concebirse una historia que une y explica las diferencias en los caracteres de las distintas familias de seres vivos. Existe una sucesión de caracteres que se perfeccionan en el correr del tiempo y dan lugar a la diversidad de la vida. Dichas transformaciones nos son imperceptibles dada la duración de las mismas, que se hunde en la profundidad del tiempo. El plan de la naturaleza se perfecciona en una armonía y diálogo entre el organismo y su medio . Con geólogos como Lyell las transformaciones de la tierra se liberan de los cataclismos y pasa a explicarse el pasado en continuidad con el presente. Todos los fenómenos geológicos ocurridos en el pasado tienen su correlato en el presente. Darwin y Wallace romperán la continuidad y predeterminación de las transformaciones biológicas, y el evolucionismo se verá sometido a las discontinuidades de la arbitrariedad de las mutaciones. Al igual que en Lyell, las causas de dichas transformaciones actúan incluso el día de hoy, aunque en tiempos muy prolongados, como en Lamarck. Sin embargo, a partir de aquí se introducen el azar y la contingencia de las poblaciones y sus variaciones, que permanecen o desaparecen de acuerdo al tamaño poblacional y a la influencia selectiva del medio (selección natural). Equilibrio poblacional y lucha por la supervivencia, ambos criterios tomados de la sociología de Malthus, se unirán al criterio de la contingencia de las transformaciones y a la idea de la reproducción como meta por excelencia de los seres vivos. Toda idea de trascendencia se desploma, en tanto la historia de los seres vivos responde al azar de las transformaciones y la selectividad del medio sobre las poblaciones.

En el siglo XIX comienza a indagarse en la profundidad del tejido, buscando detrás del mismo las propiedades vitales, así como las diferencias que los constituyen. Es a través de Oken que empieza a consolidarse la teoría celular, al acercar los organismos grandes a los microscópicos y hablar de un organismo compuesto de un conjunto de animálculos entrelazados y cohesionados en una unidad que los trasciende. Con el desarrollo del poder de resolución del microscopio la célula y sus componentes comienzan a hacerse visibles, así como los fenómenos de fecundación y crecimiento, que terminan conclusivamente con las teorías de la preformación y la epigénesis. Con Schwann la célula se vuelve punto de partida necesario para todo ser vivo, y los organismos una colectividad celular con funciones diferenciadas, con cierto grado de autonomía y cierto grado de dependencia. Por otro lado la embriología explora en el desarrollo individual y las patologías; el monstruo deja de ser producto de una mácula de la falta, o del terror de lo sagrado y pasa a ser consecuencia de malformaciones en el desarrollo embrionario. La reproducción es consecuencia de la división celular, producto de una especie de memoria o movimiento vital que debe de encontrarse en las profundidades del cuerpo celular .


La teoría celular obliga a la herencia a situarse dentro de la unidad célula. La citología comienza a estudiar las partes de la célula, descubriendo la importancia del núcleo, así como la existencia de unas extrañas estructuras denominadas cromosomas, y sus transformaciones en la fecundación entre el óvulo y el espermatozoide. Comenzará la diferenciación entre células germinales y células somáticas, principalmente a través de Weismann. La herencia debe entonces encontrarse en una sustancia particular, y sus variaciones deben estar vinculadas a las leyes estadísticas. Para De Vries las transformaciones operarán por lo que denomina mutaciones, lo que implica una discontinuidad azarosa en la transmisión hereditaria. La obra de Mendel se toma a partir de allí en consideración, y lo que éste denominaba “factor”, Johannsen denominará “gen”, la unidad discreta para el estudio de la herencia, situada en el corazón de la célula, en esas extrañas estructuras denominadas cromosomas. En el núcleo celular se encuentran dos sustancias: las proteínas, y un ácido aislado en el siglo XIX por Miescher, denominado “ácido nucleico”. La travesía se encuentra en encontrar de qué manera la herencia se transmite en ellos, del gen a los caracteres. El concepto de información servirá para explicar de alguna manera cómo la organización se impone como si fuera el demonio invisible de Maxwell, que selecciona las partículas de modo conveniente y establece un orden, escapando de la entropía. En algún lugar la información debe interactuar de tal manera que se produzcan los procesos que derivan en una organización.

El descubrimiento de la estructura del ADN por Watson y Crick permitirá articular todas estas posibilidades, en tanto código de cuatro caracteres básicos (las bases nucleicas), y en tanto molécula capaz de hacer una copia idéntica a sí misma, dada su estructura de doble hélice. Sin embargo el código debe poseer los instrumentos necesarios para su reproducción, o sea debe asociarse a las condiciones creadas por el cuerpo celular para reproducirse. La reproducción del organismo dependerá entonces de dos códigos acoplados entre sí de forma unívoca: uno que permite almacenar la información en el tiempo, otro que permite organizar la comunicación horizontal entre los componentes del organismo . La permanencia de la reproducción de dicho sistema dependerá de las constricciones del medio y de lo beneficiosas o perjudiciales que puedan ser las variaciones azarosas.

“El mensaje genético sólo puede ser traducido por los productos mismos de su propia traducción. Sin ácidos nucleicos, las proteínas no tienen continuidad. Sin proteínas, los ácidos nucleicos permanecen inertes. ¿Cuál es el huevo y cuál la gallina?”

sábado, 11 de octubre de 2008

Ciencia, patrimonio, gatos y pollos


La semana del patrimonio ha tenido como figura estelar a Vaz Ferreira (foto de arriba), uno de los más grandes filósofos de la historia uruguaya. Su preocupación por las relaciones entre lenguaje, pensamiento y realidad lo llevaron al desarrollo de una filosofía que abordó temas como la lógica, la validez del conocimiento científico, y las formas de evaluación pedagógica, ámbito al que dedicó su vida. Muy influenciado por Bergson, pensaba que el pensamiento fragmentaba la vida y la realidad, y quería devolver el estatuto pragmatico y vitalista a una ciencia que por aquel entonces desbordaba en positivismo e ingenuidad ontológica.

Uno de los encuentros fue con Albert Einstein, con quien estuvo sentado, en un tipico banquito de esos que encontramos por Montevideo. ¡Quien hubiera podido tener un grabador para registrar aquello! ¡Ojalá la física moderna se equivocara y pudiésemos retroceder en el tiempo para pegar con cinta pato un pequeño grabador digital debajo del banco en que se sentaron estos dos ilustres personajes!

Uno de los más célebres encuentros con Einstein fue el que tuvo Erwin Schrödinger, en una de las tantas correspondencias que Einstein tenía luego de meter el dedo en el enchufe. La misma llevó al experimento mental conocido como "El gato de Schrödinger" -Si bien recuerdo y corrijanme de no ser asi-. Supongamos tenemos una caja cerrada. Dentro de ella hay un gato y una botella de veneno conectada a un dispositivo que se activa únicamente si una particula emite determinada radiación en menos de determinado tiempo. En el caso de ser así el veneno se libera y el gato muere. La probabilidad que la radiación sea emitida en ese tiempo es un 50 por ciento. Ahora bien, dada las leyes de la probabilidad cuantica, en tanto no abramos la caja el gato esta en un estado de indeterminación: está muerto y no muerto a la vez (de ahi la cara de preocupación que el pobre gato tiene en la foto). Cuando abramos la caja modificaremos el estado del sistema, de igual manera que por el principio de indeterminación de Heisenberg la misma medición influye en el electrón al intentar determinar su posición y movimiento. Este principio cuántico nos puede servir como analogía de un problema general. Se trata de como la misma percepción de las cosas determina la realidad a observar:

“Los contornos distintos que atribuimos a un objeto, y que le confieren su individualidad, no son más que el esbozo de un cierto tipo de influencia que nosotros podríamos ejercer en un cierto punto del espacio: es el plano de nuestras acciones eventuales que es devuelto a nuestros ojos, como a través de un espejo, cuando percibimos las superficies y las aristas de las cosas” (Bergson, La evolución creadora).

Si la percepción del mundo es un asunto pragmático entonces toda ontología del objeto se derrumba, en tanto sus propiedades dependen de un sujeto que lo determina, por lo menos en cierta medida. Esta idea ya estaba en Nietzsche al criticar el dogma cientifico de lo que él llamaba la "inmaculada percepción", o en Carlitos Marx, al mofarse de el idealismo que analizaba la pera buscando su esencia y olvidaba que la pera había que comerla. Una postura pragmática implica concebir a las verdades científicas en su realidad instrumental y su desarrollo, dado que ningún saber es absoluto o definitivo. El desarrollo no sólo depende de las variables relativas al método experimental, sino también a aquellas vinculadas a la comunicación y las relaciones de poder en el seno de la comunidad científica. La verdad es instrumental y operatoria.

El hombre se encuentra seguro en la regularidad, necesita de la repetición. En nuestras vidas el mismo hábito instintivo tiene cierta raiz inductivista. Buscamos regularidades en las que asentar nuestro saber. Desarrollemos un poco esta idea de Bertrand Russell (el de la foto... la del pollito no che! la del que esta como loco con su pipa...). Erase una vez un pollo, (esta vez si el de la foto) al que todas las mañanas le daban de comer. El pollo como buen inductivista pensaba que todas las mañanas serían iguales hasta que un día amanece en la bandeja de una familia de campaña, o bien en alguna sucursal de Calprica. Confió en que su comida era como el sol que salía todas las mañanas; terminó sin sol ni son.

El pollo ahora si que sabe,


sabe bien con fritas...



(estoy jugando con la polisemia, atenti al gol).




Me vino hambre me parece que me voy a comer.

Por las plumas de mi abuela, dijo Pato Aparato,
y activó lo último en tecnologia biocibernética.
Recuerden eso si,
que detrás de los valores
que el héroe defiende
se encuentra Tio Rico
y su gran arca de caudales.



miércoles, 16 de julio de 2008

El LHC en la búsqueda del Bosón de Higgs


El CERN, uno de los más importantes centros de investigación nuclear de europa y del mundo (los creadores de la World Web Wide de hecho), esta construyendo el LHC (large hadron collider), un acelerador de particulas de mas de 27 km de diametro y a 2 grados Kelvin de temperatura.

A traves de la colisión de hadrones se espera obtener el Boson de Higgs, partícula clave para explicar todo el modelo estandar en el que se basa la física cuantica hoy en día, y que explicaria el origen de la masa en el universo. El experimento es -en su esencia- simple: se hacen girar hadrones a toda velocidad (en este caso protones), y al chocar se fragmentan pudiéndose registrar las particulas constituyentes.

Actualmente la paranoia se apodera de algunos grupos e instituciones, que temen que el colisionador genere una catástrofe, entre ellas un agujero negro que chupe la tierra (ojalá...). El hecho es que rayos cósmicos chocan la tierra desde siempre la tierra y todo bien, asi que don´t worry, dice el CERN

Falta menos de un mes para que esté listo, así que acomoden sus asientos....


Countdown to extintion:

http://www.lhcountdown.com/?p=1

Juicio al CERN:

http://www.publico.es/064958/juicio/lhc/salvar/mundo


El CERN habla de la seguridad del LHC:

http://press.web.cern.ch/public/en/LHC/Safety-en.html