viernes, 25 de enero de 2008

La estigmatización del consumo de drogas

En primer lugar abordaremos las determinantes históricas y culturales que llevan a la construcción del problema social. Esto implica un análisis tanto diacrónico (aquellos procesos históricos que determinan la construcción del problema “droga”), como sincrónico (los mecanismos involucrados desde un punto de vista antropológico, y que remiten a las relación sociedad-legalidad-Estado). Proseguiremos indagando cómo se configura el imaginario social donde, en una lógica de la exclusión, surge la figura simbólica del drogadicto, oficiando de chivo emisario que subsume a aquellas diversas y heterogéneas modalidades de consumo de sustancias.


1- Un poco de historia

Sería imposible pensar el “problema de la droga” sin atender primero a los diferentes organismos e instituciones estatales y el poder que éstos ejercen sobre el campo social. Esto nos lleva a pensar la influencia de las políticas estatales sobre el conjunto heterogéneo de costumbres, prácticas, percepciones y saberes que circulan por la población. Debemos considerar al estado y específicamente al terreno político como un campo de lucha y poder, donde diversos agentes sociales compiten en torno a la distribución del poder legítimo. Lo político es entonces terreno por excelencia para las disputas de poder en las sociedades secularizadas, donde lo religioso se encuentra -en menor o mayor grado- escindido de la toma de decisiones a nivel de Estado. Es a través del Estado y los diversos organismos vinculados, que las políticas sanitarias adquieren un valor de legitimidad y hegemonía en el conjunto de saberes que circulan en el campo social. Dicha legitimidad debe ser necesariamente vinculada a una trama histórica y cultural que construye progresivamente nuestra relación con aquellas sustancias que se nos ofrecen bajo el calificativo de drogas.
Por un lado tenemos nuestra historia occidental cristiana, donde cualquier práctica asociada a cultos místicos-embriagantes fue prohibida. La embriaguez -vinculada a distintos cultos paganos- fue satanizada por la Iglesia, y asociada al despliegue desmesurado del deseo y del vicio, de la subyugación del espíritu por la carne. En esta confrontación religiosa-obsesiva contra distintas técnicas extáticas, así como contra diversas prácticas recreativas y/o terapéuticas, es que comienza una progresiva fetichización negativa de determinados productos de consumo[1].
Con la llegada del renacimiento y el pensamiento científico observamos un distanciamiento y un cambio de perspectiva. Aquellas sustancias anteriormente satanizadas comienzan a concebirse en un sentido más secularizado, desarraigado de la valoración religiosa que por siglos había imperado. En el siglo XIX podemos observar como muchas de las actualmente denominadas drogas son mercancías libres, utilizadas habitualmente para diversos tipos de uso. Por ejemplo el botiquín casero consistía en una variedad de productos medicinales derivados del opio, así como morfina, codeína, cocaína y heroína. La categoría de adicto como la entendemos hoy no se manejaba y el problema del síndrome abstinencial no existía como raíz mítica de un problema, siendo tan sólo una incomodidad producida por la suspensión del uso.

Es en las primeras décadas del siglo XX que comienza una nueva “satanización” de determinadas sustancias, principalmente a través de EEUU, país que comienza a establecerse como gran potencia mundial[2]. Dicha reacción se encontraría vinculada a la confluencia de varios factores, que se retroalimentan entre sí. Se destacan principalmente la transformación de un Estado de intervención mínima por uno asistencial, el descubrimiento de nuevos psicofármacos, el ascenso del estamento médico, la progresiva cohesión y autoconciencia del movimiento prohibicionista. De esta manera se configuran paulatinamente las lógicas de sentido que hoy en día imperan. El problema se traslada del ámbito privado al de la Salud Pública, y se constituye como un problema Jurídico y de Seguridad Nacional. Comienzan una serie de compromisos y leyes a nivel internacional que consolidan poco a poco un circuito ilegal de comercialización de determinadas sustancias, así como un comercio legítimo del consumo de otras, producidas por las distintas industrias farmacológicas, y recetadas por la corporación médica, única con potestad en esta materia. La ilegalización genera por su parte el establecimiento de una red clandestina de narcotráfico, así como la imposibilidad de un control de calidad en lo relativo a aquellas drogas ilegales que de todas maneras se consumen en un alto porcentaje poblacional y que son hasta el día de hoy adulteradas en vista de obtener una mayor ganancia. Por otro lado se produce socialmente una estigmatización y desvalorización simbólica del consumidor, que se homologa a la categoría adicto.


2- El concepto de adicción

Según Escohotado el concepto de estupefaciente se empieza a utilizar en Francia (stupéfiants) y remite a su calidad de imbecilizadores. En ingles se utilizará la expresión narcotics ya desde la primera ley propiamente represiva, la Harrison Act en 1914. En la Convención de Ginebra en 1925 comienza a formarse lo que luego se llamará Comité de Expertos en Drogas que producen Adicción, lo cuál lleva a la necesidad de definir el concepto mismo de addiction (toxicomanía en español). Partiendo de este apriori adicción-estupefacientes es que el asunto se complica, pues dicha asociación parte de una concepción y estado de arte jurídico-legal, pero pretende abrirse paso como definición de carácter científico, en relación a criterios farmacológicos que generan una serie de incongruencias. Pues definiendo drogas adictivas como aquellas sustancias que generan hábito, tolerancia y dependencia física, la lista de sustancias prohibidas resultaba un tanto arbitraria, si tomamos en cuenta que alguna de las sustancias ilícitas eran difíciles de determinar como adictivas (caso del cáñamo), y algunas legales eran definitivamente adictivas (el alcohol por ejemplo)[3].
Es entonces que se improvisa una nueva concepción de adicción, expuesta en un pronunciamiento de la OMS en 1957, donde se distinguen dos tipos de dependencia, la psíquica y la física, así como se habla de tolerancia y tendencia a la tolerancia. A través de estas redefiniciones se hace posible entonces justificar al cáñamo y a la cocaína como drogas adictivas. A su vez se distinguía adicción de hábito, siendo este ultimo el generado por sustancias lícitas. Un simple “deseo” – y no una “compulsión”- que implica poca o ninguna tendencia al aumento de la dosis y, quizás, cierta dependencia psíquica. La poca claridad científica entre hábito y adicción, entre “deseo” y “compulsión”, entre “tendencia” y “poca tendencia”, entre “dependencia física” y “dependencia psíquica”, llevó a controversias y protestas por parte de algunos farmacólogos. Surgieron discrepancias, que llevaron por un lado a una concepción “dura” del problema, promulgada por la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, manteniendo la concepción sustancializante de drogas adictivas, y por otro lado una concepción más “blanda”, asumiendo la dependencia como una modalidad vincular entre el sujeto y una sustancia, así como una renuncia al modelo ético-legal a favor de una apertura a las nociones farmacológicas. Este último fue llevado a cabo en Ginebra, donde se renombra al Comité de Expertos con el nombre de Comité de Expertos en Drogas que producen Dependencia.



Una nueva reacción prohibicionista se produce en el Convenio de 1971, donde se establece el uso indebido de sustancias en relación al criterio que las autoridades gubernamentales locales decidan. “El Convenio de 1971 representa un hito singular en esta dirección, ya que no fija parámetros objetivos de actuación a los encargados de ponerlo en práctica; el legislador convierte allí a los poderes ejecutivos en legislativos, haciendo que su práctica sea la única teoría”[4]. Droga adictiva termina siendo toda droga prohibida por las autoridades locales; se trata de la explicitación de un círculo vicioso ético-legal, donde “es malo porque es prohibido y es prohibido porque es malo”. Independientemente de cualquier objeción farmacológica “…la solución última y todavía vigente fue declarar que todos los Estados debían velar por el estado anímico de sus ciudadanos, controlando cualesquiera substancias con efectos sobre el sistema nervioso. Nació así el concepto de ‘psicotropo’, a la vez que se disparaba la producción y consumo de los estupefacientes tradicionales, pues sus análogos sintéticos eran ya ‘substancias psicotrópicas’ que sólo podían obtenerse en farmacias con receta médica”[5].


3- Legalidad, sociedad, estado.

En Tristes trópicos Levi-Strauss nos habla de la posibilidad de clasificar las sociedades en dos tipos: las que practican la antropofagia y las que practican la antropoemia (emein, del griego, vomitar). Bien es sabido que la antropofagia ha sido en la cultura occidental asociada al salvajismo, una costumbre primitiva e inmoral. El mecanismo psicológico propio de la antropofagia consistiría en la introyección de las cualidades del difunto a través de su ingesta, para de esta forma incorporar sus virtudes y neutralizar su poder. En el polo opuesto encontramos la antropoemia, proyección paranoica en la que se enquistan entrópicamente determinados agentes o procesos sociales, para de ese modo ser expulsados fuera, bajo la figura del chivo emisario. La oposición antropofagia-antropoemia sería similar a la realizada por Escohotado entre banquete sacramental y regalo expiatorio a los dioses. La antropofagia corresponde a un modo cultural y simbólico cuyas causas responden por lo general a un modelo místico religioso. La antropoemia corresponde a nuestras sociedades y sus costumbres judiciales y penitenciarias. Y si bien a nosotros nos produce cierto rechazo el “salvaje canibalismo”, podríamos preguntarnos si nuestras costumbres de exclusión y segregación social no agitarían los taparrabos de muchos de estos supuestos salvajes.
Pero no todo es asado de tira en la etnografía. Pues al igual que nosotros, toda sociedad implica la conjunción de costumbres e ideales preformados molarmente en el encuentro molecular de las afecciones y el acomodamiento de nuestros cuerpos a un territorio social, una geografía, y una ecología. Esta conjunción de fenómenos, cristalizados en automatizaciones y procesos reflexivos, conforman la vía de cómo se hacen y deben hacer las cosas, la tradición del pueblo. La tradición es en principio el orden positivo en tanto fuerza de la costumbre o hábito que se abre camino sobre el caos de las posibles alternativas. Dicha tradición construye un pathos, una forma de actuar intuitivamente que involucra normas estéticas y automatizadas. Es el primer grado de la cultura como ley: la cristalización del deseo como norma afectiva. Siguiendo a medias al viejo picarón de Malinowski y su teoría de la ley en los primitivos podríamos establecer las siguientes distinciones:

1- La ley como determinismo cultural espontáneo (pathos): se trata del pathos que mencionábamos anteriormente, o sea, aquellas costumbres que una comunidad sigue implícitamente aunque no sean capaces de verbalizarlas o expresarlas explícitamente. Son las afecciones que se establecen mediante el hábito empático, en una semiótica no necesariamente vinculada al lenguaje verbal.

2- La ley como norma de conducta (pedagogía popular): se trata de aquellas normas explícitas cuya sanción es automática en base a una enseñanza espontáneamente adquirida.

3- La ley del orden y la preservación (ideales de conducta y ethos de un pueblo): son las que estimulan las conductas positivas y sancionan las desviaciones, en relación al territorio, la propiedad, los contratos, los derechos sexuales. De esta manera se configura un modelo, un ideal del yo, gracias a un movimiento narcisista que estimula a la conducta tradicional (o a través de alicientes positivos, en el lenguaje behavorista de Malinowski).

4- Los mecanismos de la ley al producirse una infracción (mecanismos de coerción juridico-judiciales): son las reacciones coercitivas de una comunidad cuando se quebranta una norma de modo claro y conciso. Se realizan a través de una ley explícita ejercida por un poder legítimo, por ejemplo el estado.

Como dijimos anteriormente, es a través del estado (punto 4) y su legitimidad como institución social que se producen transformaciones en la percepción social de determinadas prácticas, que a su vez conllevan a la configuración y modelaje de las prácticas mismas, y por ende del campo social en su conjunto (puntos 1, 2 y 3). En nuestro caso en particular es notorio como a través de las instituciones estatales se promulga un modelo prohibicionista que llena de imágenes “arquetípicas” el imaginario social. Imágenes descalificantes que en una especie de acto metonímico reducen un conjunto heterogéneo de prácticas a figuras que circundan el fenómeno de la drogadicción y el drogadicto. Éste último actúa de “chivo emisario”, especie de personaje griego consumido por su hybris (desmesura), o figura del pecador atrapado por el satánico pecado de la carne, la lujuria y el descontrol. No tratamos de negar la adicción, sino de mostrar cómo el drogadicto se vuelve figura central en la “cruzada” contra la droga, y como dicha figura avasalla y oculta en el imaginario social una heterogeneidad de prácticas agenciadas a distintas sustancias denominadas peyorativamente bajo dicho término. De esta manera se naturaliza un saber que se vuelve sentido común y verdad a priori, perdiendo su carácter de construcción histórica y su posibilidad de ser sometido a crítica, en una especie de circularidad tautológica.


4- Imaginario social: la figura del drogadicto sobrecodificando el campo social.

Podemos entonces abordar el problema de la percepción social del consumo de drogas centralizándonos en el “drogadicto” como figura que actúa de chivo emisario, que sobrecodifica el conjunto de prácticas asociadas al consumo de dichas sustancias, cerrando el campo de visibilidad social de las mismas, y volviéndolas un problema sanitario per se, independientemente de criterios científicos -de orden médico o farmacológico por ejemplo-. Dicha figura actúa en principio sobre diversos campos sociales, homologando prácticas y figuras heterogéneas, haciéndoles de esta forma perder su singularidad. Se trata de una especie de “significante despótico”[6] que actúa como figura mítica mortuoria u ominosa, familiarmente desconocida. Dicha figura adquiere rasgos negativos, concebidos por lo general como causa de desintegración social e individual. Mencionemos algunos de estos rasgos, mediante algunos textos significativos:

“Se oye contar en el Perú tristes historias de jóvenes que perteneciendo a buenas familias tuvieron la imprudencia de probar la coca, en una temporada ocasional, en las selvas, y han encontrado tal placer que, invadidos por el encanto maligno, se entregaron al abandono absoluto, renunciando a la vida civilizada, alejados de sus padres e inutilizados para toda la ocupación. Algunos de esos fugitivos han sido encontrados en el correr del tiempo en alguna toldería y, a pesar de su resistencia, fueron reintegrados al hogar familiar. Más, la nostalgia fatídica de la droga, los atraía irremediablemente hacia la selva y un odio profundo hacia la vida civilizada los hacia evadir en la primera oportunidad y volver al estado semi-salvaje, donde encontraban el nefasto excitante que los llevaba infaliblemente a la muerte prematura” [7]

La elección de este fragmento no es representativa para el contexto actual, dado que pertenece a un texto extraído de una emisión radial dictada por un doctor vinculado a la dictadura de Terra. Sin embargo su carácter grotesco y caricaturesco nos permite observar, como si fuera una lupa, ciertos rasgos que se mantienen hoy en día de forma más moderada. Por un lado está la noción de adicción como fuerza “demoníaca” que reside en determinadas sustancias y que se vuelve irrefrenable para la voluntad del sujeto. Se trata de un placer desmedido, una voluptuosidad desenfrenada, provocada por el deseo irresistible de experimentar una vez más lo “carnal” de determinada experiencia[8]. Placer, muerte e irracionalidad se hallarían entonces del lado de la naturaleza, siendo un estado salvaje desmesurado al que vuelve el adicto, en tanto voluntad, vida y familia se encuentran del lado de la cultura. Se trata de una lógica binaria sencilla y de estructura mítica, pese a que se intentará justificar como científica una y otra vez. Asociado al placer estaría la culpa, dada nuestra tradición cristiana occidental. El drogadicto es culpable de rendirse ante el ominoso y transgresor placer de la droga, y, al igual que el criminal, es un “infractor” que transgrede los valores de la familia, las costumbres sociales y las leyes del estado.

“Médicos, estadistas, sociólogos, moralistas, escritores, luchan incesantemente contra este grave peligro social, que origina la degeneración individual, la decadencia de la raza, el desarrollo alarmante de la criminalidad, la superpoblación de los asilos, manicomios y hospitales; la desorganización de la sociedad y hasta la pérdida de los más caros afectos y de los más puros y nobles sentimientos: el amor a la familia y el amor a la patria”[9]

Necesidad tiránica, seres desequilibrados, paraísos artificiales, puesta en jaque de la salud individual y colectiva, irresistible pasión, imbecilidad, morboso placer, degeneración moral, violencia, criminalidad, locura, envidia, falta de higiene, aberraciones del instinto sexual, haraganería, divorcio, violación. Lo que se encuentra en juego es el orden social –las redes de parentesco, las buenas costumbres, la salud, etc.-; el drogadicto es una especie de casillero vacío expiatorio, donde se depositan masivamente un conjunto de peligros, mediante un sistema de corte dual, mitológico y antropoémico en el sentido levi-straussiano. De ahí que la asociación criminalidad-drogadicción tenga tanto peso. No sólo porque con la ilegalización de la misma su comercio se halle vinculado íntimamente en redes de narcotráfico, sino porque dicha figura trae consigo la figura de la caótica desmesura de las pasiones, así como de la imposibilidad en el manejo de las emociones y la frustración (el vicio del tyrannos griego). Esto genera la figura de la víctima-victimario[10], figura que mi madre trajo preocupadamente cuando le dije que me iba al Molino de Pérez por la manifestación para la legalización de la marihuana:


Madre del Isma: Cuidado si vas a ayudar a un drogadicto! Andan todos armados!
Isma: eh... como? nah...
M. del I.: Claro que andan armados! Lo que pasa es que salen a buscar droga, no la consiguen y entonces agarran y te roban!

Todo esto me hizo recordar a Pánico y locura en las Vegas -excelente película donde actúan J. Deep y B. Del Toro-, cuando en el documental de la policía decían que a los marihuaneros se los reconoce por el semen que tienen en sus manos de tanto masturbarse en los ratos en que no están robando a viejitas para conseguir dinero para las drogas. Lo que se expresa de forma un tanto grotesca es la figura del drogadicto que, más allá de su existencia real y de sus características reales en tanto sujeto con un problema de adicción a determinado objeto-actividad-sustancia, se nos presenta como un significante que subyuga y cierra el campo de visibilidad en torno a un conjunto heterogéneo de prácticas sociales que en su mayoría no presentan dichas características y son llevadas a cabo en forma no conflictiva con las obligaciones de la vida cotidiana.


5- Los usuarios. El campo social, las distintas subculturas.

Vemos entonces como la figura emisaria del drogadicto y sus diversos “epítetos” arrastra consigo un conjunto heterogéneo de prácticas socio-culturales donde el tema de la adicción se configura tan sólo en pocas ocasiones. Las prácticas que por lo general se encuentran estigmatizadas son aquellas vinculadas a drogas ilegales o drogas usadas en forma ilegal; prácticas colectivas de diversa índole, que se agencian a determinadas sustancias bajo distintos usos -como tranquilizantes o estimulantes, en relación a festividades o actividades lúdico-recreativas, etc-. Lo que hay que destacar en todos los casos es la importancia de la cualidad simbólica o plano semiótico, que trasciende lo pragmático de la práctica, remitiendo a las condiciones socio-históricas que constituyen la práctica y configuran sus condiciones de uso. Esto nos remite entonces a la necesidad de producir nuevos campos de visibilidad en la temática, que nos permitan realizar un análisis de cómo los distintos grupos o subculturas realizan determinadas actividades vinculadas al uso de tal o cual sustancia.



A partir de esta óptica comienza entonces a ser necesario el análisis etnográfico de cómo dichos grupos viven la ciudad, y cuales son los viajes que se realizan en determinadas prácticas socio-culturales, donde el agenciamiento con determinadas sustancias se vuelve relevante. Tenemos por ejemplo las prácticas festivas relacionadas con la música electrónica, que involucran drogas estimulantes, principalmente el éxtasis. Según el antropólogo uruguayo Gabriel de Souza se trata de fiestas donde se privilegia lo sensorial, el placer, el autoabandono a través del ritmo, el clima colectivo y festivo de “buena fiesta”, la ebriedad, el contacto de los cuerpos[11]. A su vez el asiduo a la música electrónica se conecta progresivamente con una comunidad y subcultura que posee sus propios recorridos y esparcimientos, su propia estética y sensibilidad, así como con sus propias figuras notorias en el ambiente –los DJ´s por ejemplo-.


En todos los casos se trata de una forma de vivir la ciudad, de navegarla, por así decirlo. Un viaje más dentro de la cantidad de propuestas de relacionamiento urbano, tomando en cuenta que “…los viajes no se distinguen ni por la cualidad objetiva de los lugares ni por la cantidad mesurable de movimiento –ni por algo que estaría únicamente en el espíritu- sino por el modo de espacialización, por la manera de estar en el espacio, de relacionarse con el espacio”[12]. Siguiendo a Canclini podemos decir que desde el punto de vista antropológico no existe una ciudad, sino varias, en el sentido que la ciudad se define por los modos de apropiación de los espacios de acuerdo a las distintas inscripciones que en ésta se trazan. Dichas inscripciones se relacionan con determinados estilos de vivir la ciudad, estableciéndose lo que Bourdieu denominaría determinado habitus. Los diferentes estilos de vida que constituye el habitus estarán conformados no sólo por sistemas de esquemas generadores de prácticas, sino que también sistemas de percepción y apreciación de las mismas: el “gusto”, la estética propia de cada subcultura. Se establecen entonces consumos socio-culturales, así como una especie de lucha por la legitimidad de lo que se considera valuable (la adquisición de estatus o reconocimiento de un grupo o estilo de vida), y por aquellos bienes o capitales (sean de orden económico o cultural), que son considerados “distinguidos”, de mayor valor, en oposición a los “vulgares”.


6- Reflexiones finales

Al final del trabajo, y si no se ha leído en forma minuciosa lo que poco a poco hemos escrito, creo que se nos podría objetar:
“¿Pero acaso la drogadicción no es un gran problema real que están negando? ¿Qué hay de aquellas personas que efectivamente caen en el pozo de la dependencia y la adicción? ¿No hay cierta negligencia en los planteos que se han formulado aquí?”.

Según el DSMIV la dependencia se define como un grupo de tres o más síntomas que aparecen dentro de un mismo período de 12 meses: 1-tolerancia (necesidad de incrementar las dosis para obtener el mismo efecto deseado, así como una progresiva disminución del efecto debido al uso continuado), 2-síndrome de abstinencia (conjunto de síntomas cognoscitivos y fisiológicos que llevan a un comportamiento desadaptativo cuando se disminuye la cantidad de sustancia en el individuo, por lo que éste debe recurrir a la misma sustancia o una similar para aliviarse). 3-la sustancia es tomada en cantidades cada vez mayores, 4- el deseo persistente en consumirla así como el esfuerzo infructuoso de controlarlo, 5- se emplea mucho tiempo en actividades relacionadas a la misma (obtención, consumo, etc.), 6- problemas en la vida social debido al consumo de la sustancia, 7- se continua consumiendo pese a tener conciencia de diferentes problemas causados en el consumo de la misma (úlcera y alcohol, cocaína y depresión, etc.).
Desde una perspectiva psicoanalítica, el problema de la drogadicción estaría íntimamente vinculado al consumismo y el narcisismo posmoderno. El yo actúa sin comprometerse con nada pues los compromisos son siempre laxos; no existe un Nosotros que demande lealtad o solidaridad alguna. El narcisismo opera con un pie adentro y otro afuera de la cadena simbólico-cultural transmitida transgeneracionalmente por la ley simbólica. Se trata entonces de una falla en la castración, bajo la ley desenfrenada del goce, ley hipertrófica que insta a la exigencia de un consumo trivial y fetichista. Bajo este contexto es que “…las drogas implican la suspensión de la castración simbólica, cuyo sentido más elemental es precisamente que el goce sólo es accesible por medio de (como mediado por) la representación simbólica. Este Real brutal de goce es el reverso de la plasticidad infinita del imaginar, ya no limitado por las reglas de la realidad”[13].
Desde un punto de vista mas reaccionario y abierto, Deleuze y Guattari enfatizan en la distinción entre el drogadicto y el consumo de drogas como apertura a otros estados de la conciencia: “Lo que permite describir un agenciamiento Droga, cualesquiera que sean las diferencias, es una línea de causalidad perceptiva que hace que 1) lo imperceptible sea percibido, 2) la percepción sea molecular, 3) el deseo invista directamente la percepción y lo percibido”[14]. Se trata de captar los microfenómenos y entrar en un tiempo distinto al de la conciencia normal. –Una desterritorialización con velocidades y lentitudes sin formas, donde la experimentación sustituye a la interpretación. Estas micropercepciones son reterritorializadas en formas y sujetos, siendo el drogadicto alguien que se hunde en una línea de muerte, vaciándose y endureciéndose en la segmentaridad dura de sus producciones fantasmáticas, en una especie de agujero negro: hundido más que colocado. “Demasiado burdos para captar lo imperceptible, y para devenir imperceptible, los drogadictos han creído que la droga les proporcionaría el plan, cuando en realidad es el plan el que debe destilar sus propias drogas, continuar dominando velocidades y entornos”[15].
Consideramos entonces, respondiendo a las preocupaciones de nuestro crítico imaginario, que habría que distinguir por un lado el problema de la adicción como un problema real, en determinadas formas vinculares que asume un sujeto con un objeto-actividad-sustancia, y la figura mítica del drogadicto dentro de un imaginario social, que como significante despótico captura un campo heterogéneo de prácticas sociales agenciadas al uso de determinadas sustancias ilegales, y las estigmatiza bajo una concepción desvalorizante y “etnocéntrica”.


Notas:


[1] Se podría decir que se trata de un mecanismo despótico, característico del sistema feudal o monárquico, que procede por sobrecodificación de las relaciones sociales al linaje del déspota, conformándose éste como cuasi-causa de la producción -y de todo lo que en suma es “bueno”-. El chivo emisario sería su contracara, su figura invertida, lugar de expiación y proyección paranoica.
[2] “La cruzada farmacrática fue el invento de un solo país –coincidente de modo puntual con su ascenso al estatuto de superpotencia planetaria-, que se exportó al Tercer Mundo mediante una política de sobornos y amenazas. Las naciones del bloque occidental y soviético adoptaron el modelo cuando no sufrían problemas sociales o individuales derivados de las drogas, y cuando la iniciativa norteamericana –vista a distancia- parecía algo exclusivamente humanitario. Una vez creado el problema, todos los gobiernos comprendieron las distintas rentas políticas y económicas que se derivaban de mantener la cruzada” (Escohotado Historia general de las drogas. Vol III. Alianza Editorial, Madrid, 1992:384)
[3] “Con otras palabras, el Comité debía definir en términos teóricos una situación puramente fáctica; la tarea para su expertise era descubrir el rasgo común capaz de explicar sus propios actos, que se iniciaron cuando estaban prohibidas tres sustancias (opio, morfina, cocaína), y para 1970 manejaban listas restrictivas de 223 sustancias distintas, luego elevadas bastante más del doble. Si para los centenares de brigadas de estupefacientes distribuidas por todo el mundo su deber era cuidar la salud física y moral de la humanidad, la incumbencia de los Expertos era demostrar que eso se había hecho y se hacía sobre fundamentos científicos claros. Como para un farmacólogo los fundamentos claros son aquellos que pueden apoyarse en datos biológicos, neurológicos y químicos, el asunto estaba en una vía muerta. El Comité se veía abocado a definir lo prohibible cuando en realidad estaba comprometido en la defensa de una lista de cosas prohibidas ya” (ibid., 120).
[4] Ibid., 129
[5] Ibid., 371
[6] Siendo más exactos se trataría de un signo lingüístico que, situado en el orden de la expresión o del “significante”, formaría parte de un sistema mítico de segundo orden. Citando a Barthes, “…el mito es un sistema particular por cuanto se edifica a partir de una cadena semiológica que existe previamente: es un sistema semiológico segundo. Lo que constituye el signo (es decir el total asociativo de un concepto y de una imagen) en el primer sistema, se vuelve simple significante en el segundo”. (Barthes, R. Mitologías. Siglo XXI Editores, México, 1997:205). O sea que el mito tomaría prestados los signos lingüísticos (significante + significado) y los utilizaría en calidad de significantes, para establecer sus propias configuraciones semiológicas.
[7] Peragini, A. Estupefacientes y toxicomanías. S.D., Montevideo, 1935: 20.
[8] “… ya en la caza de brujas el uso de ungüentos se había ligado con fantasías y prácticas voluptuosas. Luego ese nexo entre erotismo y fármacos no alcohólicos desapareció de la conciencia durante dos siglos, para acabar reapareciendo como una ecuación que conecta indisolublemente drogas y perversión sexual” (Escohotado Historia general de las drogas. Vol III. Alianza Editorial, Madrid, 1992:361).
[9] Ibid., 10.
[10] “Dentro de este emparedado sociocultural se debate la ambigua figura del drogadicto, un desdichado ‘enfermo’ a quien se le puede rehabilitar en la clínica, o un solapado ‘criminal’ a quien se le debe aplicar todo el rigor de la ley, como reza el maniqueísmo médico-policíaco de los que creen que podando las ramas del árbol se conjura la enfermedad de las raíces” (Vidart, D. Cocas cocales y coqueros en América Latina. Yoea Editorial, Montevideo, 1994).
[11] “La música techno se percibe como íntima, profunda sensación individualizada que a su vez configura y actualiza mediante rituales propios del espacio festivo, lealtades y comuniones. Cuando se escucha techno no parece contemplarse la melodía, ni la armonía, el protagonista del género es el ritmo en tanto pulsión continua con la función específica del baile. Está mal visto en los contextos de la fiesta que la música no involucre al cuerpo y a sus movimientos. Aquellos que se resisten por diferentes motivos a la música en estas fiestas sienten distintas sensaciones de incomodidad algunas ya mencionadas. En cambio el entregarse a la música es un placer al cual te convidan los asiduos participantes si te notan distraído o incómodo en las fiestas. La sensación de autoabandono es estimulada y buscada por los participantes es lo que individualmente se percibe generando, cuando es compartida, un clima colectivo que define la “buena fiesta”. Este impulso de auto-abandono se llama de distintas maneras “pirar”, “flipar” “estar colgado” “en trance”. Es un impulso peculiar en tanto actúa sobre el individuo desde afuera como una ejecución colectiva y también desde adentro de él, en su reacción con su cuerpo físico. Estas fuerzas simbólicas se tornan eficaces por medio de procesos de progresiva coordinación que desembocan en movimientos unánimes “al explotar la pista”. El “explote” es el término preferido por casi todos los participantes y explica ese clima colectivo que se busca y que da cuenta del éxito del deejay. Un clima a su vez individual y colectivo de espontaneidad inducida mediante la música” (De Souza, G. “Etnografía de la escena electrónica”. En: Prima Cruzada. Editorial Cara de Perro. Montevideo, 2005).
[12] Deleuze Guattari. Mil mesetas. Pre-Textos, Valencia, 1997:490
[13] Gil, D. Escritos sobre locura y cultura. Trilce, Montevideo, 2007:206-207.
[14] Deleuze Guattari Mil mesetas. Pre-Textos, Valencia. 1997:283.
[15] Ibid., 287.




Bibliografía

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Vidart, D. (1994) Cocas cocales y coqueros en América Latina. Yoea Editorial, Montevideo.

1 comentario:

elias vida dijo...

hola
compartimos algunos intereses. me gusta este articulo en su voluntad analitica, no me gusta en la interpretacion lacaniana, pero guay igual.
yo he hecho una "arqueologia de la drogadependencia" para la Unc (cordoba rgentina) y soy un apasionado psiconauta.
prometo mandarte el analisis del concepto de adiccion y habitacion que hice, respecto al dsmiv y la oms.
saludos
mi blog es http://miradelotrolado.blogspot.com